Mostrando entradas con la etiqueta Crítica subjetiva. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Crítica subjetiva. Mostrar todas las entradas

sábado, 20 de agosto de 2022

Aprovechar el tiempo

 


Hace mucho tiempo que no siento ninguna culpabilidad si me dejo un libro a medio leer, hay autores que se merecen eso y más. Las mujeres lectoras deberíamos rechazar con mayor frecuencia aquello que no nos gusta, a veces somos bastante sufridoras y nos metemos entre pecho y espalda verdaderos ladrillos recomendados por el patriarcado (perdonen la palabra) que nos dejan exhaustas. Yo tengo mucho cuidado de lo que dejo entrar en mi cabeza ya sean canciones o palabras, películas o versos. Porque cuanto más me lleno la cabeza de tonterías más debo guardar silencio para que se me olviden esas chaladuras, casi todas son obras de egotismo y decepción, relatos de gente que no se conocen a ellos mismo y no practican la moderación ni meditan sobre los límites que debe tener toda obra de arte, entre ellos no agobiar a la lectora.

 

            Todos los veranos me leo una obra clásica que esté alejada de esos parámetros del pesimismo y la presunción, que me ponga los pies en el suelo, y me enseñe cómo contar y me alegre la vida. Estoy enamorada de las obras que tratan del tiempo, quizás por eso en julio leí Momo de Michael Ende, editado por Santillana, traducido por Begoña Llovet Barquero. Me lo compré en la librería Metáfora de Roquetas de Mar y fui deleitándome paso a paso de la historia de esa niña que tiene un gran don: sabe escuchar. En sus páginas se desarrolla el análisis de por qué los hombres y mujeres dejamos de vivir el presente e hipotecamos nuestra existencia con las prisas. El libro nos adentra en el mundo misterioso y fantástico del Maestro Hora, de la tortuga Casiopea, de Beppo y de Nino. Y nos enseña cómo los hombres grises intentan hacerse con nuestro tiempo, esos hombres sin escrúpulos y constantes fumadores de cigarrillos, esos hombres de los que debemos huir si no queremos quedarnos sin minutos para vivir la vida que deseamos. Además de sorprenderte este libro te da una buena lección: hay que vivir con los cinco sentidos cualquier tarea: barrer, hacer un bocadillo o simplemente respirar; y hay que ser dueña de ese tiempo que empleamos porque solo así podremos disfrutar de nuestra existencia con atención y alegría. Os lo recomiendo. Recomiendo que lo leáis en voz alta con vuestros hijos o nietos o sobrinos, con cualquier niño o niña que quiera prestaros oídos.




 

            No todo el mundo tiene la suerte de conocer a una escritora especialista en literatura infantil, a mí me ha tocado la lotería al poder disfrutar de una amistad tan divertida y sabia como la de Ana Ramos (escritora encargada de Cosmopeque dentro del festival de Cosmopoética), además nada muy bien y eso muestra su profundo sentido del ritmo, podría ser una sirena si quisiera, pero ella ha elegido dedicarse al mundo de la literatura. Es ella la encargada de la antología Mi primer verso. Antología de poesía para los más pequeños, es un bello libro ilustrado por Coaner Codina, publicado por Montena y recoge poemas de autores tan diferentes entre sí como Espronceda o Mar Benegas, Samaniego o María Baranda, Alfonsina Storni, Bécquer o Concepción de Estevarena y más, mucho más. Poemas llenos de alegría que robustece la raíz optimista de la vida.




 

            Y otro libro imprescindible para este agosto es la antología poética Manos de primavera. Federico García Lorca ilustrado por Aitor Saraiba, también publicado por Montena, poemas también seleccionado por Ana Ramos y que nos conduce al universo lorquiano y nos deja allí admiradas ante la existencia de un genio tan genial. Se trata de una ventana abierta para conocer a nuestro andaluz universal y reconocer que es un escritor más allá de todos los tópicos, se trata de unos poemas en los que fácilmente apreciamos por qué queremos tanto a Federico.




 

            Ahora me gustaría recomendaros otro libro hermoso, se trata de KOKO. Una fantasía ecológica. Está escrito por esta amiga de la que os hablo hoy: Ana Ramos. Y aquí añado el enlace para que podáis leer la crítica que le hice en su día.

 

                                      KOKO. Una fantasía ecológica

 

            De todos los libros de los que les he hablado hay que reseñar que se tratan de obras sin resentimiento, de obras llenas de sonrisas y ternura. Feliz lectura y alejaos de los ladrones de tiempo.

 






sábado, 7 de diciembre de 2019

Beatriz Pantaleón Ortega, novelista


         Creo que fue en el libro Interpretación y análisis de la obra literaria de Wolfgang Kayser que leí, hace más de treinta años, aquello de que la estructura de El Lazarillo de Tormes venía dada por su personaje principal, y que es el propio Lazarillo, gracias a su recorrido, quien nos lleva a visitar distintos espacios sociales, desde el del hidalgo hasta el del ciego, convirtiendo la obra en un mosaico. Pues bien, gracias a las aventuras de Beatriz Pantaleón tenemos constancias de sus propias observaciones en cada uno de los escenarios en que se mueve. Su obra goza de cierta picardía y rezuma la naturalidad de quien describe lo que ve sin preguntarse otra cosa que la certeza de sus propios análisis, que es la forma más honesta de ser testiga de la realidad. De ahí manan sus travesuras.

         Su libro La Exposición está dividido en tres partes: “Retratos, Autorretratos y Bodegones o Naturaleza Muerta” y, aunque le debe al mundo de la pintura esta división, el texto no se muestra como una serie de escenas inconexas sino que la autora nos lleva del hilo de su yo para pasearnos por las estancias de las vivencias aceptadas.

         Beatriz Pantaleón Ortega es una joven escritora que elige la valentía y se desenvuelve por el camino del conocimiento de sí misma buscándose constantemente el respeto. Esa es su verdadera aventura, su verdadero viaje iniciático: el encuentro con ella misma. Y no le importa lo que encontrará, se siente preparada para cualquier cita con su ser, lo que importa es esa voluntad con la que vive, ese momento en medio del campo de batalla que es el hoy de una chica insumisa con la rutina.

         La historia se despliega por tanto entre las inseguridades del mundo moderno y la sensibilidad para hacer bella esa “exposición” que visitamos a  través de sus ojos. Esa “exposición” cuidada de sí misma, de ahí que haya dicho anteriormente que se guarda respeto, y añado que su propuesta literaria lleva añadida la lucha por la dignidad. Eso lo hace con un lenguaje claro, límpido, que llena de una sonrisa la historia: sus vivencias en el Madrid de hoy, su carrera de actriz, sus análisis optimistas y conjugados con lo natural, su empecinamiento en sembrar bonanza.


         Considero que este libro es un buen regalo para aquellas que quieren descubrir los chispeantes razonamientos de una joven que, como la comiquera Gabrielle Bell, nos hace sentir que no estamos castigados a leer esforzadamente sino que el lenguaje ha nacido para saborearlo como una limonada. Feliz lectura y buena manera de permanecer despierta ante la felicidad que, desenvuelta, proclama.








domingo, 22 de enero de 2017

Los principios



          En junio de 1980 salió a la calle Zyriab, mi primera publicación, todo fue gracias al atrevimiento y a la ayuda de Laurentino Heras, a quien conocí gracias a una psicóloga que se llamaba María Victoria que tenía su consulta en la calle Esperanto, en Málaga. Llegué allí gracias a que mi madre era una pionera en todo, y decidió que yo me explayara por algún lado y que rompiera esta costumbre mía de guardar silencio. En fin, el mundo estaba tan heterosexualizado que a mí me dio por callar.



         La consulta era preciosa, tenía el suelo de madera y un acuario grandísimo donde nadaban peces hermosamente anaranjados, en los estantes del despacho de la psicóloga estaban, completas, las obras de Bruguera Colección Historias Selección. Vaya, que no tuvo que esforzarse mucho la mujer para conquistar mi confianza. Me hizo un test al que tenía que responder Sí o No, eso me pareció absurdo, así que dibujé una tercera casilla a la que le puse ni sí ni no, y dibujé un cuadradito y escribí una equis dentro. Todo eso pasó cuando yo tenía trece años. Se ve que después fui a verla por gusto algún día, porque me agradaba el silencio de la consulta, y la amabilidad con que me trataba, y el respeto que le tenía a mi intimidad, eso último me encantó y me resultó sorprendente. Bueno, el caso es que fui a verla y me preguntó si seguía escribiendo, yo le dije que sí y ella me dio la dirección de Laurentino Heras que daba clases en la Escuela de Magisterio.


Libros de Laurentino Heras


         El Laurentino que yo conocí era hombre fuerte y decidido que leyó mis poemas y me puso en contacto con Aurora Ángeles Romero y nos hizo ver posible lo que tanto deseábamos las dos: publicar. Y así fue como salió Zyriab, con dibujos de Juan Luis Natoli Pinazo, en la imprenta Montes. Y por esta aventura me entrevistaron el 11 de Julio de 1980 en Radio Popular y nos fuimos Aurora, Laurentino y yo a recitar por algún que otro barrio obrero, e incluso fuimos a una especie de fiesta en el seminario donde apareció mi nombre en una hojilla de propaganda, que creo era de la HOAC. Y nos enseñó el escritor Laurentino Heras a mandar nuestro libretillo a las revistas poéticas y esperábamos ansiosas las cartas de respuesta.


Mi primer recital. En el Perchel, Málaga. Se nos rompió el micrófono. Laurentino es el de las barbas. Aurora la que espera su turno junto al escenario, yo soy esa chica tan delgada que está leyendo.


         Y un día guardé la publicación porque me puse hipercrítica conmigo misma y decidí esconder mi obra porque me dio un ataque de timidez. Hoy eso me hace reír.

         Gracias a Laurentino he recuperado las fotos de aquellos años y he tenido la suerte de poder leer su último libro publicado: Mariposas azules y cenizales que me ha llenado de alegría y ternura, y es que hay dos clases de poetas: los que se entienden y los que no se entienden. Pues bien a Laurentino se le sabe lo que dice y mezcla lo concreto de los materiales y las plantas, de los árboles y el amor con la justicia verdadera que se puede tocar. Es poeta del pan y del vuelo, hombre de palabra, y festejo desde aquí que siga tan activo como siempre. Les enlazo su último título por si les apetece hacerse con él, se lo pasarán bien.



         Pues nada, que esos fueron mis principios, y esta historia no estaría completa si no le diera las gracias a mi hermano, que actuó de mecenas y rompió su cerdito de barro para darme sus ahorros e invertirlos en mi pequeña odisea. Y es que éramos unos emprendedores.

Mi hermano, Antonio Miguel, y yo este 25 de Diciembre posando en el puente del río Campanillas, que nunca lleva agua, pero que cuando la lleva, la lleva. El chaleco largo con flecos que visto es obra de la diseñadora Tatiana Petrova.




domingo, 24 de abril de 2016

KOKO

       

         Me gustan las historias ambiciosas construidas por mujeres sin miedo. Ana Belén Ramos ha conquistado el mundo y nos lo ha traído como una manzana lindamente natural para que lo degustemos.

Koko es una novela infantil para todos los lectores, yo desde aquí quiero regalarle una rosa roja y decir que es un libro buenísimo porque ella habla del País de los Grandes Sueños, sueños que no son para una sola, sueños que llegan mucho más lejos que las pesadillas; todos sabemos que las pesadillas tienen las patas muy cortas y que con la amistad podemos vencerlas.

       Hoy en día "nadie tiene ya grandes sueños, sólo pequeñas aspiraciones, deseos triviales." Hoy más que nunca hay que ser tiernamente utópicos.  


No quiero comparar a Ana Belén Ramos con nadie, porque es incomparable su bella novela con cualquier otra aunque hay ejes conocidos, y relecturas y eso que se llama intertextualidad, que aquí son guiños referenciales para que no perdamos el norte. Pero aún así todo es nuevo en su escritura, como una fresca granizada.

Así que esta historia de una niña rara, que pierde su colita y sale en su búsqueda, es un viaje hermoso por el mal y el bien.

Porque el mal existe y hay a quienes les gusta dar lecciones morales haciendo sufrir. Eso es un gran error, y los niños y las niñas deben saber defenderse frente a los malacaras que provocan el pavor, la contaminación y las ciudades sin ventanas, ciudades donde se pasan por el forro la idea de ciudadanía, con lo importante que es ese concepto para respirar como humanos.

Esta mañana de resaca después de tanto Cervantes me voy  a ir a plantar una semilla para que la realidad crezca bella alejada de aditivos, colorantes y otras basuras. Esta mañana les sugiero que pasen por la Feria del Libro de Córdoba y compren KOKO porque el Quijote ya lo tenemos casi todos en nuestras casas. Esta mañana es la hora de que la gran fantasía ecológica de la inteligente Ana Belén Ramos anide en nuestro acervo cultural y salgamos de la desidia de la Gran-Gran Crisis.

¡Ah! Y una cosa que no quiero olvidar: tengo el honor de que Ana Belén Ramos sea mi amiga y no es por eso por lo que hago una buena crítica sino porque su libro es cautivador y amarillo chillón. Felicito de paso a la ilustradora María González.

¡A leer y a salir del letargo de los deseos minúsculos! Algo maravilloso está a punto de ocurrir


Koko se puede encontrar en cualquier librería.






domingo, 17 de abril de 2016

Canal



               Podría escribir un artículo intelectualísimo sobre la obra de Javier Fernández: Canal, y ponerlo en relación con la bondad de Albert Camus y de Juan de Mairena, podría decir mil cosas sobre la perfección del poemario, sobre cómo está medido y remedido hasta alcanzar a mostrarnos que la belleza se cuela incluso entre los actos trágicos. Podría decir y decir, pero sólo lograría la nada. Javier Fernández se merece más que eso. Javier se merece la sencillez.

         Tengo que decir que he llorado con el poemario, que comprendí, por fin, lo que el escritor francés Stendhal decía sobre que su idea del estilo es el Código Civil; también podría compararlo con la objetividad de Clarice Lispector y lanzar grandes parrafadas sobre la eficacia verbal, también podría añadir algo sobre el sufrimiento en Simone Weil o la constante búsqueda de las fuentes en Derrida. Podría decir lo que dijo Marcel Raymond, en De Baudelaire al surrealismmo, a propósito de Valéry, y dijo que Valéry era un poeta hiperconsciente, un místico de una extraña especie. Y ya para culminar podría hacer una lectura comparada de Fragmentos del Narciso del propio Valéry y compararlo con la acción suprema del dolor: abrirse en canal.

         Pero es que he llorado con el poemario, desde el principio hasta el final, desde la dedicatoria al colofón. He llorado con esa delicadeza de libro donde las metáforas han desaparecido (sólo hay una), donde la confusión de la raíz de la palabra ha dado paso a un relato poético del sentir, de la pureza de sentir porque un hermano se te ha ahogado en el canal del Guadalmellato el 5 de Marzo de 1975, en Córdoba, y ese hecho desequilibra toda la vida.

         Las metáforas son un arma de quince mil filos y Javier Fernández ha querido limpiarnos de confusión y nos ha trasladado al sosiego del decir sin malabarismos. Los hechos, llanamente los hechos, y nada más, sólo los hechos objetivos pueden tranquilizar al doliente.

         Quisiera decir muchas más cosas, interesantes teorías sobre la expresión de la pena en los hombres, el arduo trabajo de llorar, pero creo que todo eso estaría de más porque lo verdaderamente cierto es que Canal debe de leerse, llanamente eso, leerse. Hay libros que una no debe dejar escapar si quiere encontrar la verdad del silencio, la paz de la hiperconsciencia.


Se presenta en la Feria del Libro de Córdoba el 22 de Abril de 2016 a las 20:00 en el Boulevar del Libro.








domingo, 13 de diciembre de 2015

La Gratitud



            Siempre hay que escribir lo bello mientras la luz se posa sobre los Ciruelos de Japón. Siempre hay que contar lo hermoso para que no se olvide y, entre tanto trasiego de sinrazón, tenga lugar la experiencia cotidiana de la vida. Hay que escoger las palabras de gratitud, las leves enseñanzas que no eran tan leves y, sin hastío, caminar por lo que tenemos planificado.

            Algunas veces parece que la voz de las mujeres vive sola, independiente de su mente, que lo escrito por la mujer tiene el valor de la espontaneidad, que vale lo que un instante sin sentido. Así lo han querido ver las historias de las literaturas, los decires de los críticos, la rebaja constante ante lo materializado en la página. Pero hay que sobreponerse a todo eso. Hay que escribir lo bello.

            Recuerdo cuando fui a Málaga capital para estudiar el bachillerato, llevaba mi bolso lleno con los libros de  octavo de E.G.B. No conocía a nadie que tuviera carrera, nadie a quien preguntarle, con confianza, cómo se hace una carrera. Me sorprendió mucho que no empezáramos pronto con la tarea, que en el instituto todo se disolviera en esperanzas incumplidas, que no existiera la autoridad de que estábamos haciendo algo serio. A mí me acompañaba la vergüenza de no saber, la certeza de que hablaba mal, eso nos decían. Así era aquella época que muchos intentan idealizar. No teníamos modelos de triunfo y se nos exigían los triunfos. Era una sociedad torpe donde los matices no cabían.

            Entre huelgas y consignas fuimos creciendo, llevando el miedo en la cartera, la inseguridad constante porque los más íntimos sentimientos no tenían interlocutores que escucharan. Avanzamos, vaya sí hemos avanzado, pero siempre me ha sorprendido la rapidez con la que habla la mayoría, el ritmo diabólico que se quiere imponer a esos pensamientos de brocha gorda que constantemente nos rodean. Mi madre me repetía: “Nunca tengas prisa por dar las gracias, como si la persona que te hubiera ayudado se fuera a ir mañana de tu vida. No te apresures.” Y llevé ese mantra conmigo, sabiendo que el mundo aunque fuera muy grande no podía ser más profundo que los pozos que regaban las huertas de Campanillas. Así es como se estableció una especie de elegancia que, tal vez, sólo comprendíamos mi madre y yo.

            Siempre hay que decir lo bello: En aquel primer curso tuve de profesor de lengua y literatura a Gregorio Morales, el escritor, y nos enseñó que las narraciones son como una tirada de cartas del tarot, que la risa servía para domar las fieras y que no éramos alumnos tan distintos, que todos, en nuestra juventud, queríamos clases que nos distrajeran, que nos hicieran felices, que nos quitaran las ganas de hacer la piarda e irnos por ahí, a tomar el sol, cerca del paredón, enfrente del río. También nos habló de sus viajes a lejanos países que entonces eran más lejanos que hoy, y de que sólo utilizamos el diez por ciento de nuestra mente. Era un buen maestro.

            El primer ejercicio que hicimos fue escribir un artículo periodístico, yo hablé de John Travolta y de su famosa película Grease, que no había visto, me reía del personaje, de la conformidad con la que el cine nos domesticaba. Gregorio me preguntó si lo había copiado de El jueves, desconocía de lo que me hablaba, nunca había escuchado el nombre de esa revista. Me felicitó por mi escritura, ocupé un lugar en el mundo gracias a él, mis compañeros me respetaban y él respetó mi interés por seguir de lejos, sentada al final, sus clases amenas. Pasados los años me lo encontré en un autobús, nos saludamos, ambos distraíamos nuestro viaje leyendo Le rouge et le noir, de la editorial Folio. Ambos leyendo lo mismo, casualidades de la vida literaria o, tal vez, una broma cuántica.


            Por favor, lean su obra.



Gregorio Morales, escritor