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sábado, 6 de agosto de 2022

El Presente

 


Siempre está la tentación del silencio y, a la vez, de la palabra que borbotea como en el nacimiento de un manantial. Vivimos días ásperos, días que la gente aprovecha para comprar hielo. Esta podría ser una bonita metáfora si no fuera porque la realidad refleja el infantilismo más inmoderado desde aquel encierro del que todos íbamos a salir mejores y con mucho papel higiénico.

 

            Hay un bonito poema al principio del Diario de un poeta recién casado que nos invita a vivir el presente, se titula “Saludo del Alba” y está traducido del sánscrito. Toda traducción, ya se sabe, es un volver a nacer, a recrearse. Permitidme que añada algunos versos: “¡Cuida bien de este día! Este día es la vida, la esencia misma de la vida. En su leve trascurso se encierran todas las realidades y todas las variedades de tu existencia: el goce de crecer, la gloria de la acción y el esplendor de la hermosura.”  Creo que un fragmento de este texto es utilizado por una marca de cerveza. Obviemos el rendimiento y el comercio, el ansia de una sociedad que tolera al alcohol tocarlo todo, mojarlo todo con su lluvia del corto placer.

 

            Aspiremos a más: a saber por qué se derriten los polos, por qué hay colas en el Himalaya, por qué necesitamos la felicidad de un anuncio para estar satisfechos, por qué hacemos exótico todo aquello que no domeñamos, incluido el presente, incluido unos versos que no son nuestros. Porque nuestro no hay nada en este mundo, hemos venido de prestado aunque nosotros, avarientos occidentales, estemos sofocando con nuestra mentalidad mercantil y nuestros negocios otros escenarios que no nos pertenecen, llenándolo todo de títulos de propiedad.

 

            Hoy aguantamos que llamen delincuentes a todos los habitantes de un barrio de Sevilla que se queda sin luz, pero no aguantamos que nos toquen el Gin-tonic, sofisticado, como nuestro paladar domesticado de clase media. ¡Oh, la clase media! ¡Cuánto trabajo le va a costar a este gobierno crear una conciencia cívica en un solar que hemos plantado de olvido! Sin raíces de pobres y obviando los años del hambre nadie puede hoy creerse la necesidad de bajar el aire acondicionado.

 

            Y con esta política que arrastramos de olvido y falta de conciencia será difícil que se abran los secretos oficiales. Ya lo dice el Tao: “El santo (el gobernante) actúa de manera que el pueblo no tenga saber ni deseo y que la casta de la inteligencia no se atreva a actuar”. Después de una práctica tan reiterativa de obviar los recuerdos, después de haber sometido el relato a un melodrama tan grande está claro que seguiremos cerrándonos las puertas a nuestro propio crecimiento. ¿A quién le importa los secretos oficiales, la verdad y una narrativa objetiva? ¿Quién puede beberse el día de hoy como si fuera una flor superficial? Hemos banalizado tanto que ya hasta los secretos de estado nos parecen naturales. Hace falta unas gotitas de autenticidad en este verano de ventiladores y fuegos. Tal vez así nos creeríamos, de una vez, que nosotros también fuimos emigrantes, exiliados y arrancados de cuajo de la tierra del recuerdo. Y eso se paga en cada presente, en cada día, en la tentación del silencio y aquí  no ha pasado nada. Y así, señoras y señores, es como se obtiene una población conformista, sin historia y sin ventanas abiertas para que corra el aire.









sábado, 16 de julio de 2022

Hacerse el tonto

 


De hacerse los tontos nos llevará lejos hasta aquí me invento yo una noticia y veremos  las cosas con la nitidez de la neo-ética. De esto viene de lejos hasta, al fin y al cabo, no somos los primeros que ya se sabe de nuestra historia picaresca. De por qué ahora sale todo esto hasta, de nuevo, estamos en verano y la gente no se entera de nada, solo piensa en beber y tomar el sol. De estos polvos y estos acuerdos hasta nos acabamos de enterar de lo que pasa en el país, en sus altas instituciones y sus grandes poderíos, llega ahora la basura de las grabaciones entre el periodista Ferreras y el comisario Villarejo.

 

            Y no se puede sentir sino tristeza de tanta mancha y de tanto intervencionismo y tanto moler deshonestidad sobre este mapa que todo lo aguanta. Y ahora, además, no es tan grave porque los ítems de la gravedad los pone la gente que puede. Así de oscura es la aventura, así de triste.

 

            Mientras pasan por televisión partidos de tenis interminables y su definición de héroe, músicas bum-bum hasta el delirio, guerras que se enquistan y emigrantes a los que no reconocemos. Y las verbenas, las macro-verbenas celebran la animalidad del hombre y la posibilidad de sustancias enajenantes. Así entramos en la calor profunda como una profecía dicha con la voz hueca que no quisieron escuchar. Así se cortan árboles, se encera la vida con cemento y duro corazón y fragmentos de dimes y diretes que llaman entrevista.

 

            El espectáculo está servido y el pueblo ni se entera, que tiene que llegar a fin de mes como sea, trabajando el que puede y sin quejarse, porque eso de los sindicatos ha dejado de estar de moda. Nos gobiernan los de siempre sin gobernarnos, sin necesidad de levantar la voz ni henchir el pecho ni, mucho menos, apreciar una composición lógica que nos convenza: Si tienes dinero te darán beca. Ese es el principio de la irracionalidad, no olvidemos que el principio de la tragedia es la catarsis, ¿de verdad la necesitamos? ¿Para cuándo la rectificación sencilla, la dimisión a tiempo y la justa medida?

 

            ¿Para cuándo la vegetación constante, la salida de la oratoria de rabo y machirulo, el vencimiento del prestigio que da el dinero? ¿Para cuándo se darán por aludidos los que siembran la sospecha y la idea absurda de que la política tiene que ser un laberinto guardado por el inmenso toro sangrante de la arrogancia? ¿Hasta cuándo este martirio? ¿Por qué hoy?









 

 

 


sábado, 18 de junio de 2022

El mañana nunca muere (Tomorrov never dies)

 



Creo que algún día tendremos que plantearnos hacer evaluación del papel de la prensa en España en estas últimas décadas: hemos visto a profesionales ensuciar su buen nombre presentando programas donde se contrataba la venta de la intimidad, periodistas que han dejado que las noches se enfurezcan, con sus propuestas vociferantes e irrespetuosas, olvidando su ética para caer en el encumbramiento de lo mediocre.

 

            Ha sido esa elevación hasta los cielos de personajes que no saben hacer nada, pero que el público premia porque ve en ellos la posibilidad de que sea su nadería la condecorada próximamente, en cualquier fase horaria, incluida esa que se debe cuidar más pues los niños están presentes contemplando sus propuestas de lo vacuo, ha sido esa elevación hasta los cielos de personajes que no saben hacer nada lo que nos ha llevado a una nada kitsch. Digo que han sido laureados personajes con gestos agresivos, con maneras bochornosas de discutir, maleducados que cobraban sus colaboraciones como si hubieran descubierto la penicilina. Digo que ha sido elevada hasta los cielos la vulgaridad.

 

            Esto junto a la aparición de las fake news, (bulos e invenciones que cuestan poco propagar y que no cuentan con rectificación alguna), o la aparición, también, de un tono narrativo alarmista y morboso lo que nos ha llevado a ahogarnos en un ansia insaciable por lo frívolo. Y sería oportuno que junto a la evaluación de la prensa se analizara esa izquierda progresista y se preguntara si le ha merecido la pena parecerse a la derecha. Se tiene que analizar si alguna vez ha hablado con el aliento del cinismo, la izquierda que, de pronto, se ha encontrado con eso que llaman la desafección de sus votantes que, entre lo parecido y lo auténtico, han elegido la autenticidad arcaica de la derecha que no cree ni en el cambio climático ni, en serio, en las políticas de género. Una derecha que como un egoísta ciclista nunca va a la vanguardia sino chupando rueda, aprovechándose de las alternativas que ya ve consolidadas llámese divorcio o ley del matrimonio igualitario por ejemplo.

 

            También las otras izquierdas tendrán que analizar por qué les cuesta tanto trabajo llevarse bien y fracasan, como una cantante de ópera que tiene miedo al éxito, cada vez que se ven con fortaleza y entonces, abrumadas esas izquierdas y sus múltiples nombres, se dispersan en grupúsculos.

 

            Hasta aquí el rapapolvo, hay que ser operativos, no olvidemos que ahora estamos situados frente a la sinvergüencería de la extrema derecha. ¿Qué hacemos pues? Simplemente salir a votar, recoger las redes de lo vacío, reconocer lo bueno hecho y lo que nos queda por hacer: sobre todo la recuperación de la humildad, la voluntad de dar importancia a lo que verdaderamente tiene mérito y no avergonzarnos de saber dialogar sin estridencias.

 

            Hay que ir a votar y desechar de las urnas el narcisismo de pose y propaganda elaborada por el experto en comunicación, hay que apreciar el tono de la verdad que siempre prevalece, a pesar de que los años, la breve mentira del tiempo, nos esconda momentáneamente su valor.

 

            Hay que ir a votar con la madurez de quien cree que las noticias suceden y después se cuentan respetando el qué, el quién, el cómo, el cuándo, el dónde y el porqué.  Tal vez así demos la vuelta a las encuestas y empecemos una sana autocrítica que nos lleve a encauzar este delirio que se llama irresponsabilidad, falta de conciencia y muchas ganas de ser absolutos.

 

            Hay posibilidades, mañana es el día. Somos nosotros, los andaluces, los que nos tenemos que levantar. No esperemos que nos salve el agente 007.








 

 


sábado, 26 de marzo de 2022

La nobleza

 





Le Grand Monard, Montboucher, Montélimar, Francia




En este castillo pasé mis primeros meses de vida. Es le Grand Monard en Montboucher, Montélimar, Francia. Allí escuché el silencio en el tiempo en que el silencio se inicia en la vida de una persona. Allí trabajaban mis padres: Francisco cuidando las vacas, Agustina cosiendo como solo ella sabía hacerlo. Allí vieron la nieve y se dieron cuenta de los impuestos sentimentales que hay que pagar por ser emigrantes.

 

            Cuando cumplí quince años fuimos a ver los “lugares salvadorianos”, como mi hermano dice no sin falta de humor. Aprendí que las raíces pueden ser incluso extrañas y que era un poquito extranjera en todas partes. Si eres lesbiana eres más extranjera, doblemente extranjera, hay países que no nos conviene. También descubrí que hay un lugar donde siempre cabes, se trata de la Literatura. Y que incluso en el país de la Literatura no es fácil adentrarse, que hay empresas que prefieren que seas lectora pasiva que escritora valiente. Pero que con vocación y perseverancia, con honradez y trabajo puedes albergarte en una frase de Emilio Prados o en una descripción de Virginia Woolf. Que con tiempo y una caña hasta las verdes caen, eso dicen.

 

            La honradez en el trabajo era fundamental, así me lo enseñaron ellos, los que me dieron la luz y el ánimo para creerme una de las creadoras artesanas que juega con la imaginación y la verdad. Mira si creían en la honestidad que no metían ni a la lotería, sabiendo que la riqueza o la pobreza es una cuestión de espíritu.

 

            Desde Francia mi madre le mandó un trajecito a mi primo Paquito Eduardo sin necesidad de tomarle las medidas, y es que siendo bebé lo tuvo en brazos y así pudo imaginar su constitución futura. Eran felices con esa clase de magia y con la certeza de que debían bautizarme en Campanillas, entre limones, allá en Málaga, la azul y blanca. También discurrieron que no debía estar sola, que necesitaba, además de los lápices, un hermano real como la vida misma.

 

            Desde las tierras de la Literatura he descubierto que me he rodeado de seres fantasiosos cuya mayor grandeza era que sabían componer matices. La guerra es el tiempo arañado con generalidades, dominado por los que confían en la humillación, alejémonos ya, de una vez, de ese destino con mayúsculas que a nadie beneficia. Entremos en los castillos de la espiritualidad generosa que adivina cómo será el cuerpo de los niños y las niñas cuando crezcan. Practiquemos esa clase de nobleza.






 


sábado, 26 de febrero de 2022

El ansia de pensar

 


El otro día, navegando por internet, me encontré con una expresión que me llamó la atención: ”Gilipollas de Schrödinger”.  Y era definida así: “Según el Urban Dictionary, un «gilipollas de Schrödinger» (Schrödinger douchebag) es alguien que hace comentarios sexistas, racistas o intolerantes en general y solo decide si habla en serio o «está de broma» cuando ve la reacción de los demás.”

 

            Rápidamente busqué quién era ese Schrödinger: un físico austriaco-irlandés que imaginó una paradoja cuántica en la que un gato metido en una caja cerrada puede estar vivo y muerto a la vez al no saber si le ha afectado o no el veneno que contiene dicha caja.  Lo primero que vino a mi cabeza es cómo la humanidad siente el deseo de pensar y cómo, entorpecidos sus deseos por el trabajo explotador, fabrica un sinfín de proposiciones inadmisibles para un sistema que tenga como ejes principales la cordura y la honradez. Ideamos con sueño en nuestros párpados, agotados por las falsas noticias y la imposibilidad de profundidad de un mundo que se resuelve con eslóganes. No tenemos tiempo para más. Así se ha instaurado entre nosotros la sofisticación culinaria y el postureo, la frivolidad y la venta de nuestra intimidad.

 

            Después me vino la imagen de Helen Joanne, la política británica del partido laborista que fue asesinada por un gilipollas porque ella estaba en contra del Brexit. Aclaración: Todos los asesinos son gilipollas.

 

            La joven murió por algo tan concreto como la necesidad de que el Reino Unido siguiera perteneciendo a la Unión Europea, su asesino no fue sólo quien empuñó el arma, que hay que sumarle, además, todos aquellos que contribuyeron a la iniciación de una enajenación colectiva: el nacionalismo depredador, la soberbia de quien no quiere fusiones ni nadie que le haga sombra, aquellos que recurren a la melancolía, al enardecimiento de un pasado romántico y que se aprovechan del analfabetismo político que han propagado los malos políticos porque creen que así es más fácil gobernar.

 

            Necesitamos una pedagogía democrática en la que se dé cabida a la necesidad de pensar, y ponga límites entre lo que es pensar de verdad y sucumbir al desvarío de voy a decir esto por si cuela. Así dejaría de valer lo cierto y lo incierto. La primera asignatura de esa escuela democrática sería la bondad, porque sin bondad, sin apuesta por el vivir completo no hay pensamiento respetuoso que sobreviva.

 

            ¡Ah! Y una cosa: No hay que olvidar que a un gilipollas se le reconoce porque todos sus amigos son gilipollas. Y ofenden, con su psicopatía, la belleza plácida de la paz.

 

 

 

 







sábado, 19 de febrero de 2022

Patriotismo de cañita, bodega y botellón



He leído en estos meses dos libros dedicados a la adicción. Uno es severo, exhaustivo, abismal, bien documentado y femenino, quiero decir que se estudia el apego al alcohol de una forma que nunca se había hecho: analizando el sujeto como mujer que padece esa enfermedad. Se trata de La huella de los días. La adicción y sus repercusiones de Leslie Jamison, autora también del hermoso ensayo El anzuelo del diablo. Sobre la empatía y el dolor de los otros, una escritora que admiro porque es valiente narrativamente hablando y fresca y profunda. Y es que el alcoholismo, como todo, tiene impronta machista y han olvidado, los estudiosos del tema, las particularidades que sufre la mujer enganchada a esta sustancia siendo, por otra parte, doble o triple el estigma que ellas, las alcohólicas, padecen.

 

            El otro libro es Yo, adicto. Un relato personal de dependencia y reconciliación. Siendo este texto más ligero no deja por ello de ser interesante y nos muestra, con el respeto del que ha encontrado la salida, una confesión sobre el mundo de las adicciones y los centros de recuperación que ayudan y encauzan a los enfermos. Este libro es de Javier Giner.

 

            En un mundo, el nuestro, que se miente a sí mismo y que vive, gracias al estrés, como si estuviera en una permanente resaca, es de agradecer que haya escritores que se preocupen de este mal del siglo que son las adicciones a pantallas, drogas o lo que sea. Por otra parte, me parece una irresponsabilidad que nuestros políticos de patria chica y grande quieran pasar licores y vinos, cervezas y etc. como inofensivos líquidos dignos de defender a ultranza por encima de la verdad de sus consecuencias. Es el nacionalismo de la cañita, del erudito en caldos y grados, olores de barrica y desconocedor de los versos cristalinos de Machado: “Donde hay vino, beben vino;/donde no hay vino, agua fresca”.

 

            Y eso es esencialmente lo que se nos está olvidando: el agua fresca, la sencillez de estar despierta y descansada, creo que se debería escribir en pancartas nuestro derecho al reposo sobre la alfalfa o la necesidad de beber de buenas fuentes. No caigamos en los vicios que los hombres han promovido simplemente por una visión confusa de la igualdad. No hagamos que nuestros menores copien lo peor de nosotros y aprendan desde pronto el divertimento del botellón, que no es divertimiento sino una especie de antesala de la cobardía de ser uno mismo.

 

            Bebamos con moderación, invoquemos que los lugares de socialización huelan a limpio, que no dejen atrás plásticos y litronas, salud y vasos. Bebamos con moderación en los lugares donde la edad madura se esconde a tomar sofisticados gin-tonics, carísimos güisquis y decisiones perturbadas por la combinación de los grados. Demostremos a nuestros hijos e hijas que hay una cosa que se llama serenidad y que es eso lo que merece nuestro cultivo.








sábado, 28 de marzo de 2020

J.P.




La primera vez que hice el viaje Granada-Almería en tren quedé gratamente sorprendida: la escarcha de la mañana adornaba a las hierbas asombradizas, la sierra era blanca de nieve y esperanza y las cuevas de Guadix indicaban que los seres humanos sabemos buscarnos refugios, después venían los llanos y más tarde el desierto, y después venía el olor a mar y la estación de llegada, tan coqueta, tan humana.

         Mi mujer, sin saberlo, me había regalado un mundo. Y un mundo no se crea en un instante. Me gustó la discreción de sus gentes: nadie me preguntaba qué hacía yo allí, todas las personas que conocí me trataron con cariño. La discreción, para mí, es un valor fundamental, nunca me ha gustado la publicidad que aman algunos ni la falsa familiaridad, siempre he buscado cobertizos desde los que poder crear con serenidad y delicadeza. Hoy se lleva la rapidez y el afán de captar la atención a cualquier precio. Existen intelectuales de pacotilla que no tienen manera de superar su lenguaraz aburrimiento en unos días que debemos estar todas a una, todos a una. Dice Eduard W. Said en su hermoso libro Representaciones del intelectual que “Nada desfigura la actuación pública del intelectual tanto como el silencio oportunista y cauteloso, las fanfarronadas patrióticas, y el repudio retrospectivo y autodramatizador”.  Esta cita la he utilizado otras veces, me gusta mucho: es un aviso para navegantes.

         El mar de Almería, la provincia más oriental de Andalucía, lo visito todos los años y allí me reencuentro con mis discretos amigos, como si todos fueran tímidos.  Entre ellos está mi padrino de boda: Juan Pedro, aunque todos lo llamamos J.P. Es un hombre dinámico, se diría que siempre está en dos sitios a la vez, con buen sentido del humor y ganas, siempre, de divertirse. No sabe bailar y baila como si fuera Keanu Reeves en Matrix doblando la espalda pareciendo que se va a partir, pero no, él nunca se doblega.

         Yo soy más mujer de excursiones que de viajes, y no se me olvidará nunca el día que nos fuimos hasta Serón y después a Vélez Blanco en coche J.P., mi mujer, mi amiga Reme y su hijo Luis y yo. Mi amiga Reme es el origen de todo puesto que ella está casada con el infalible J.P. Hicimos muchas cosas: nos bañamos en la balsa de Cela, vimos de lejos la antigua estación de Tíjola, comimos choto y chorizo y morcilla, fuimos del Calar Alto hasta Macael y, por supuesto, faltaría más: visitamos Vélez Blanco, el pueblo de J.P.

         Y de Vélez Blanco no me sorprendieron el hermoso castillo ni la montaña de la Muela ni el símbolo del brujo hallado en la Cueva de los Letreros, que lo que me sorprendió es el escrito que hay sobre una piedra a las puertas de la piscina municipal, se trata de una cita de Confucio: “Donde hay educación no hay distinción de clases”.

         Pues eso: que es tiempo de buena educación, de no andar molestando a la gente con el miedo, que es tiempo de potenciar la cordura. Y si te aburres haz lo que siempre nos ha aconsejado mi madre: échate en agua. Pero dejad hacer a los que saben y , por favor, seamos cuidadosos con el lenguaje, Ya saben mi lema: gratitud, alegría y sencillez. Ahora más que nunca. Y esa filosofía de vida la he aprendido de héroes cotidianos como mi apreciado amigo y padrino J.P. Un abrazo, campeón.


J.P. y yo de cervezas, pronto brindaremos otra vez

J.P. leyendo



sábado, 12 de octubre de 2019

Como de la familia




Por la tarde, en mi casa, siempre tomamos thé. Adornamos el agua con canela y yerbabuena, también le ponemos matalahúva. Y disertamos sobre lo divino y lo humano, lo salvaje y lo civilizado, el querer y no poder o la excepcionalidad del arte.

         Esto lo heredé de mi bisabuela, de mi abuela, de mi madre, de mi padre, de mi abuelo, de mi tío Día y, por supuesto, de Marcel Proust; ese ser que pasó a formar parte de la familia el día en que descubrí que su obra estaba escrita para mí aunque él no me conociera.

         Mi patria son los libros y de ellos soy ciudadana. Mi bandera es la hermosa caligrafía, mi himno los decires que me enamoran, no importa en qué lengua con tal de que me acaricie con su fonética. Puede parecer simple, pero es la verdad, la verdad con minúsculas, sin voces.

         A mí Marcel me salvó la vida y le dio belleza a mis amoríos lésbicos donde, los que no eran de papel, veían fealdad. Hacía mucho tiempo que no decía que soy lesbiana y no quiero que se les olvide. Y es que en esta España estamos de memoria medio regular.

         Pero por si algo es grande En busca del tiempo perdido no es por el atrevimiento de haberse inventado una hostia consagrada a la libertad llamada magdalena, tampoco es por las hermosas descripciones de los vestidos de las damas, ni por el olor de las catleyas ni por la radiografía sutilísima de las emociones, ni por la existencia, para todo, de al menos, dos caminos. Se trata de algo más. Es decir, se trata de eso y de algo más. La novela nos sirve una raíz concretísima, una tangible idea de justicia: la descripción del caso Dreyfus, el caso del militar judío que fue acusado de espionaje en la Francia de finales del XIX y principio del XX. El caso que dividió a los franceses en favor y en contra, en el que se descubrió la gran grieta del antisemitismo en el seno de la sociedad.

         Toda obra que se precie propone a los lectores el cuestionamiento de un paradigma, el desmenuzamiento de la realidad para hacerla más real que la vida misma, que con su velocidad no deja tiempo para reflexionar en torno a los prejuicios políticos. Proust nos enseña que las liaison con la historia no hace de la novela algo con fecha de caducidad sino, al revés, la ancla en la Tierra. Y el análisis de las opiniones dadas con tranquilidad, sin sentirse observados por el narrador, que sin embargo observa, es una de las riquezas más desbordantes de la obra como la descripción de una personalidad celosa o la admiración por los recitados, la pose y la voz de la Bernhardt.








domingo, 25 de octubre de 2015

Los extranjeros y las extranjeras



Cuando estábamos aburridos y hartos de silencio, saciados del ruido del oleaje y sin poder meternos en el agua, tal vez porque había bandera roja, tal vez porque era la hora de la siesta. Cuando estábamos rojos como amapolas porque mi madre había mezclado la crema Nivea con la Mercromina porque le habían dicho que así defendía más de los rayos solares y al mismo tiempo nos poníamos morenos. Cuando estábamos hartos de nuestras costumbres, de la tortilla de patata, de la sandía y del fútbol y de Franco, mi padre cogía un balón de plástico y le pegaba una patada al aire y casualmente golpeaba a alguna extranjera y ella nos miraba algo airada y entonces, mi padre nos decía: “¡Corred, corred y pedidle perdón!” Y él iba, diligente, como un Dios de la comunicación, con un bote de aceite en la mano para decirle si quería que le diera unas friegas en el lugar del golpe.

Así, así era como salíamos de nuestras reducidas coordenadas y entablábamos conversación y hacíamos gestos y monerías para que nos entendieran. Y entonces comenzaba el ritual y nos presentábamos por nuestros nombres: “Yo soy Antonio Miguel”, decía mi hermano. “Yo soy Salvi”, decía yo. “Yo Francisco”, decía mi padre. Y mi madre, un poco más reticente, acababa por ceder y decía: “Yo soy Agustina”. Y así comenzábamos la aventura que nos llevaría por países desconocidos de los que aprendíamos tanto.

En mi casa siempre nos gustaron los extranjeros, quizás porque nosotros nos sentíamos un poco extraños en ese paisaje social que dibujó la dictadura. Por eso amábamos lo diferente y nos llevábamos a comer al chiringuito a la familia de la que nos habíamos hecho amiga y hablábamos de lo divino y lo humano, y acabábamos haciéndonos fotos, y mi padre les daba nuestra dirección para que después nos las enviasen, y en unas horas entablábamos una amistad profunda como la espontaneidad, una amistad como solo pueden conseguir los seres libres.

Ya se sabe que “partir, c´est mourir un peu” y mi hermano y yo llorábamos y todo cuando el extranjero o la extranjera recogía su toalla, su minúsculo equipaje y nos dejaba bajo el atardecer caduco, bajo la noche que se iniciaba, y se iba a un país del que ya nos habíamos enamorado y al que prometíamos ir en alguna ocasión aunque mi madre dijera: “Chiquillo, Paco, ¿allí tan lejos vamos a ir?, ¿Qué se nos ha perdío a nosotros en esas tierras?”

A estas alturas de la vida comprendo que lo que nos atraía de esos forasteros era el desapego con que trataban los temas, sin miedo a pronunciarse, pero como si hablasen acariciando, lo que Georg Simmel llama “objetividad” lo cual no significa desinterés o pasividad, sino una mezcla sui géneris de lejanía y proximidad, de indiferencia e interés.


Gracias a los extranjeros y extranjeras podíamos viajar barato. Cada vez que mi padre cogía el balón permanecíamos expectantes, sin saber a qué país nos llevaría, qué montañas descubriríamos, qué lagos, qué ríos, qué comidas nuevas conoceríamos. Gracias a los extranjeros con su seriedad rendida, gracias a las extranjeras con su libertad radical y sin sujetador, gracias a la ocurrencia de mi padre respirábamos democracia. Gracias a esos días de playa, de Nivea y Mercromina, de pelotazos y charla, yo soy cosmopolita. 









domingo, 11 de octubre de 2015

Patriotismo



Hay quienes cogen el rábano por las hojas, aquellos que se quedan con el chiste, la gracieta y deciden que leer es un ejercicio light (ligero) y prefieren no entrar en la profundidad de lo que realmente las palabras quieren decirle. El humor es una forma inteligente de deleite y también de enseñanza. Mi hermano es un payaso y sabe de sobra que lo que digo es cierto, trabaja en el circo de la vida y siempre que tiene que defenderse lo hace con el sosiego, el buen estar, de quien saber responder con una sonrisa.

En una ocasión vino una joven francesa a mi casa y convivimos con ella un mes, yo le leía los poemas de Paul Éluard y la llevábamos a la playa, también hicimos una excursión a Granada, otra a la Alcazaba de Málaga, en fin que la paseábamos, le dábamos vino dulce y la enseñamos a beber en un botijo. Ella, algunas veces, desconsolada, se ponía a ver la tele mientras nos confesaba que entendía a los personajes que salían en la pequeña pantalla mejor que a nosotros. Nosotros nos mirábamos extrañados e incluso entristecíamos porque no sabíamos hablar como los de Madrid para poder agradar aún más a nuestra invitada.

Un día que estábamos los tres subidos en un colchón hinchable, pataleando sobre el azul del agua, ella espantada dijo: “¡Oh!, ¡qué es eso!”, mientras señalaba un pañal blanquísimo que flotaba a la deriva como un pequeño pecio. Mi hermano sin inmutarse le respondió con desparpajo: “Una plataforma para que descansen los chanquetes.” Mi hermano sonrió y siguió chapoteando. Ella me miró algo extrañada, yo asentí convencida y le dije que podía preguntarle a mi padre cuando llegara a la orilla qué eran los chanquetes. Mi padre le dijo que los chanquetes son corbattes minúsculas que se comen revueltos con pimientos asaos,  y la llevamos al merendero a que los probara.

Mi hermano no era un gran patriota, no tuvo esa salida para defender la pureza del mar de Málaga, provincia perteneciente a la orgullosa España. Aquel hallazgo que hizo la francesa, verbalizándolo con tanta escandalera, sólo mostraba que era una persona que no admitía los errores de los hombres y las mujeres. Su reacción acertada debería haber sido recoger la basura y seguir nadando con total naturalidad sin romper el momento de éxtasis que estábamos viviendo jugando con las leves olas. Eso pensamos nosotros, pero, en fin, era joven y exigente.

Hay quien le tiene miedo a la risa, quien la prohíbe incluso en su casa o en su país, hay quien tiene miedo de decir una frase amable, no acostumbran a ello. A esas gentes les diría que lean profundamente el Quijote, ese libro erasmista que tan bien nos representa, si es que algo tiene que representarnos; nunca está de más leerlo. Mi hermano lo ha leído ya veinticinco veces, en distintas versiones, los colecciona como colecciona bromas inocuas que le quitan hierro a todos los asuntos.


Al mes de irse nuestra invitada recibimos un regalo, se trataba de una casete con las canciones de Maxime Le Forestier y Jacques Brel, durante una temporada sólo escuchábamos esa música para no echarla de menos, ella también nos enseñó muchas cosas. Pero desde entonces miramos la tele con tristeza pensando que a los de Madrid los entendía mejor que a nosotros.