sábado, 29 de junio de 2019

El Deseo




El deseo requiere de la escucha para realizarse. Cualquier detalle nos parece importante y, con curiosidad, queremos saber de la otra persona y beber hasta saciarnos, y ver que no nos saciamos nunca nos proporciona la ligereza de un salto o la sensación de una brazada en el agua dulce del verano y el cuerpo.

         Yo, ya saben ustedes, soy lesbiana. Y me gusta repetirlo en estos días de orgullo, para sembrarlo en el viento como si fuera la etimología consagrada de una enciclopedia, o el nombre con más elegancia que he recibido sobre mi ser. Soy lesbiana, y me gusta decirlo, con delicadeza, como la niña que acepta el juego que ha elegido. Porque yo creo que las lesbianas somos tan fundamentales que elegimos nuestros deseos como se eligen las palabras para un diccionario de los afectos. Y esa libertad de elegir me lleva a los museos, a contemplar físicamente el estilo y la dignidad de encontrarse a gusto con lo que una quiere hacer con su sexo.

         Y respiro hondo sabiendo que yo elegí el deseo, que ese deseo no es algo vago que viniera a mí con sorpresa y prevención sino que nació como la mayor rebeldía que estaba dispuesta a realizar y conjugar: ser lesbiana.

         Porque los deseos que perduran se riegan con libertad y cosmopolitismo, con ejercicio y buenos días y buenas tardes y muchas gracias. Así se crece y crece el deseo de decir en las plazas por lo que estoy dispuesta a luchar: por no perder nunca esa noción de ser deseante que considera la vida como una grata labranza.

         Me placen las noches al fresco, el olor de las biznagas, el alboroto que propician las cartas y esta transparencia actual, que deja al deseo ser un río verdiazul, que recoge mansamente las buenas noticias y la posibilidad de disfrutar como antes nunca se había hecho. Así de espontáneo me parece el goce y me agrada.

         Soy lesbiana y permítanme que hoy brinde con agua clara por todas las lesbianas que han sido, son y serán. Así de sencillo son mis días desde que conocí el deseo de ser lesbiana y conocer se convirtió en una forma profunda de escuchar lo que deseaba, de leer físicamente sus itinerarios, los de mi amante.





sábado, 22 de junio de 2019

La Madurez




Pero claro, eso de la adultez es un término difuso, lleno de vapor, y es que mientras la niñez está bien definida, la edad adulta, sin embargo, se mueve y no cristaliza sino que se parece a esas arquitecturas temblorosas de gelatina. Y sucede que unos estratos de la personalidad convidan a la responsabilidad y al compromiso mientras otros emergen de las delicias infantiles, y así nunca acabamos de alcanzar esa figura suprema, pausada y dúctil de la maduración total. Y andamos como las uvas o, tal vez, seamos como esa fruta llena de pequeños frutos, todos con la intención de alcanzar su crecimiento óptimo, crecimiento del que siempre escapa alguna uva con su verdor, hiriendo al racimo, mostrando su inadecuación, su estar siempre en proceso, como en un presente continuo… si es que se pudiera comparar la madurez con la gramática francesa.

         Y es así que mientras a la niñez todo le vale para el juego no le sucede lo mismo a la persona adulta, que tiene que esperar que le invada ese brote para jugar, por el placer de ser, de nuevo, niña y gozar con la posibilidad de imaginar el Amazonas o ir de excursión a Madagascar. Y eso es lo que sucede hoy en la vieja piel de nuestra geografía: que nos encontramos maduros a rachas y todo sucede a la vertiginosa velocidad del que se sube en el tobogán de la suerte y se inventa los parches para ser más, no para gobernar él con un programa de ilusiones sino para no dejar gobernar al otro. Inmadurez a raudales y desazón para nuestros pueblos y ciudades. Ausencia de deseo elaborado y reelaborado. Y lo que es peor: confusión de la infancia con la irracionalidad.

         Y no es de extrañar que tras tantos años de cultivar el chillerío en tertulias y en programas aparentemente serios, ese chillerío se haya trasplantado a la arena política, esa arena desabrida, amarillenta, escenario de nuestros rifirrafes y lugar para el descuidado zurcido. Y es que han descubierto que la vía argumental requiere un tempo que se sincronice con nuestra mente de humanos, un tempo tranquilo para la observación y el desarrollo paso a paso, y han decidido que es mejor utilizar frases hechas, datos estadísticos de autoridad sesgada y tres eslóganes cabezones para bombardearnos el cerebro y obligarnos a que les demos la razón, y si no se ponen melodramáticos y recurren al recuerdo de sus raíces personales para decirnos que ellos también sienten. Nos movemos entre la altivez y la sensiblería, las voces y el cuchicheo conspiratorio. Y, Señoras y Señores, paramos esta caída en picado donde la víctima es la inteligencia, el decir sin estridencias, o seremos sólo protagonistas de un videojuego malo que esconde la verdad y la hierba, el olor a naturaleza y los detalles de la palabra jurídica, también el latir sencillo del buen arte.

         Y si estamos a tiempo de que no se derritan los polos también llegaremos a hora para revindicar la buena conversación aliñada con sentido del humor y pericia. Esa es una obra de gente entrada en años que quiere dejar a sus hijos e hijas no el atropello verbal, el abuso verbal, sino la posibilidad del habla más educada y de la urbe construida sin humos, con la ligera brillantez de quien sabe que la ecología y las casas donde habitamos están hechas como una obra artesanal. Seremos fuertes el día en que sepamos gobernar el lenguaje de nuestras emociones y la palabra sea tan fluida como el aceite, también llamado óleo. El día que la escucha sea tan respetada como tener dinero a raudales y las interrupciones no valgan un aplauso. El día que humildemente pidamos la vez y nos paremos a contemplar lo que nos rodea. Ese debe ser nuestro presente continuo si queremos dejar en herencia un futuro de lucidez.






sábado, 15 de junio de 2019

Presentación de la Exposición de Ana Belén Rodriguez: Brillantes y Eclipsadas, 12 de Junio 2019




            Existen múltiples formas de tortura, pero quizás la más sutil es robarle el tiempo a alguien. Las mujeres padecemos ese mal continuamente y vemos que si queremos conseguir aparecer en el mundo artístico tenemos que robarle tiempo al tiempo. Desde no se sabe cuándo hemos estado atareadas para beneficiar a otros y nos hemos visto sometidas a la forzosa aventura de tener que conquistar el tiempo. Un tiempo para nosotras, para emplearlo en nuestro arte.

            Esa Conquista del Tiempo es una odisea sin los brillos de la Odisea, una necesidad imperiosa, y por eso nuestro arte se convierte en una tarea doble: la de la ejecución de las acciones artísticas y la del espacio temporal que edificamos para poder llevar a cabo ese arte del que no queremos prescindir, del que estamos enamoradas.

            Ana Belén Rodríguez ha sacado tiempo de debajo de las piedras, de los domingos mañaneros, de la aliada noche para pintar a Simone de Beauvoir o a Carmen López Román, a Chimamanda o a Marie Curie, a Ángela Davis o a Frida Khalo, entre otras. Son veintiún cuadros los que conforman esta exposición permanente. Y me gusta especialmente eso de permanente porque cualquiera que llegue a esta casa se la encontrará llena de la hospitalidad de estas feministas de toda la vida y tendrá la posibilidad de mirar a los ojos a Virginia Woolf o a Nina Simone.

            Y se ha empeñado la artista en revelarnos a las rebeldes, en dejar testimonio de las sombras y en hacerlas resurgir de ellas para que no olvidemos sus protagonismos y sus clarividencias, para que aprendamos de ellas, para que las valoremos y nos sirvan de guía. Para eso sirven nuestras antepasadas: son brújulas señalizadoras de los caminos que debemos seguir y ahí están en justo homenaje: Coco Chanel y Clara Campoamor junto a Anna Lee Fisher. Cada una a su estilo nos han aligerado y nos han hecho posible la liberación. No decaigamos ahora y sigamos, arropadas por sus destellos, nuestro propio afán, nuestro común afán: el absoluto respeto.

            Ana Belén Rodríguez llegó a Córdoba desde Cinco Casas, un pueblo de la Mancha, ya saben ustedes cómo las mujeres nos buscamos metas agradables y aquí en Córdoba ha desarrollado su ingenio decorando las escaleras del patio de Virginia, el patio Vesubio, o las persianas de la tienda La Llave, también ha hecho móviles o pintado artesanalmente hermosas camisetas. Es una sobreviviente que no le achanta nada ni nadie, ni su enfermedad, padece Esclerosis Múltiple y lo lleva con elegancia y sonrisa eterna en su cara soleada por los trabajos de la huerta.

            Desde pequeña ha experimentado el arte y recuerda cómo en su  infancia su padre, que era alcalde de Cinco Casas, invitó a artistas del momento a su municipio y ella quiso ser una más en el mundo de la pintura. Desde su adolescencia se rodeó de pintores y escultores como Amelia Moreno, Abdón Anguita, Alfredo Martínez y sobre todo con Paco Leal, el autor de El pez furioso. También admira a Ángel Pintado y a Antonio López Torres y Antonio López García. Estas son sus influencias manchegas, su admiración por lo minucioso, por el detalle, por la máxima luz que se da en los atardeceres de la explanada y que ella nos ha traído hasta aquí, y que le sirve para iluminar a las eclipsadas.

            Estudió Diseño Gráfico y se amplió el número de artistas a contemplar entre ellos Rothko y Frida Kahlo, que es para ella además un ejemplo vital a seguir. Nunca se para y vive plenamente volcada también en el activismo constructivo, así participó en las reivindicaciones para que el autobús C2 siguiera su trayecto por la ciudad o fue una de las mujeres lideresas de la Marcha por la Paz que consiguieron que todas nos vistiéramos de blanco.

            Actualmente trabaja en una serie de retratos de mujeres lesbianas y su mirada busca en el paisaje, entre las tablas que encuentra aquí y allá, en los objetos en que las demás no vemos nada… Ella ve la belleza. Gracias Ana Belén Rodríguez por haber recalado en Córdoba y hacer que tu odisea sea también la nuestra: un viaje hasta la cosecha del tiempo para disfrutar del arte.







sábado, 8 de junio de 2019

Canto a mí misma (Poema Océano leído el 25 de Abril de 2019 en la cafetería La Viajera).




Caminaba por el parque del Cinquantenaire, cerca de las oficinas de la Comunidad Económica Europea, levantaba con mis pies las hojas de Noviembre que caían en el suelo de Bruselas.

Miraba a  los paseantes acompañados de perros, solitarios humanos del nuevo macro país que estábamos conformando, fui a Chez Nicolas, ese local inspirado en una novela de Boris Vian, que estaba en la Avenida de Tervuren.

Allí fue donde me encontré con la funcionaria de prisiones de la cárcel de Reading, me dijo que en sus ratos libres estudiaba Filología Francesa y que había descubierto, en una librería de lance del balneario de Bath, unas antiguas cartas firmadas por el poeta Rimbaud.

Rimbaud, ese pequeño y caprichoso genio, ese poetilla dormido en el valle de los deseos, ese enamorado de la música de su colega Verlaine. Entonces le dije a la funcionaria de la cárcel de Reading que la invitaba a un thé en la cafetería cercana al edificio de la Bolsa, donde el dinero lo es todo.

Miss. Albertine se llamaba la mujer y yo le confesé que había llegado a Bruselas para escribir mi última novela, esa que hablaría de la nieve y los estanques negros como paradas de metro que huelen a patatas fritas y a gofres.

No se enteró Miss. Albertine que me quería acostar con ella y siguió hablando de Rimbaud, el joven poeta, el poeta niño, tan salvaje en su temporada en el infierno que parecía perdido en un difuso centro comercial. Ella me dijo que las cartas iban dirigidas a Walt   Whitman, entonces le recité los primeros versos de Hojas de hierba:
“Érase un niño que se lanzaba a la aventura todos los días, y en el primer objeto que miraba y aceptaba con asombro, piedad, amor o temor, en ese objeto se convertía”.

Le confesé que yo había llegado a Bélgica para cambiar el mundo literario, que me había embarcado en un sí aparentemente domesticado hasta que pudiera decir no con todas mis fuerzas, que comía en el edificio de la compañía de seguros Winterthur y que me hacía pasar por una aburrida oficinista, que me había convertido en cada uno de los habitantes de la ciudad y que sabía que las olas migratorias serían las grandes cuestiones de nuestro tiempo.

Ella dijo que le aburría la poesía de Whitman y yo le di la razón, andamos recordando cómo se parecía el bardo americano a Verlaine, su barba, su porte, su potencia en la voz sensual, sus ganas de disfrutar de jovenzuelos, sólo que Verlaine era, de vez en cuando, acosado por la culpabilidad y la figura de la madre.

“Vivamos en cada pétalo”, le dije y le compré un reloj de pulsera y le dije al oído: Virginia Woolf, Safo, Cristina de Pizán, Carmen Martín Gaite, Sor Juana Inés de la Cruz, María Zambrano y Marguerite Yourcenar.

Le dije también que, de vez en cuando, iba al Museo de Arte Antiguo porque estaba intentando convertirme en un cuadro de Brueghel. Y que visitaba la librería Tropismes y encargaba libros que olieran a verde mar. Le dije también que no me importaba la posible relación entre Rimbaud y Whitman, que ambos eran pájaros de la noche y que yo quería para nuestra relación la luz del día.

La funcionaria de prisiones de la cárcel de Reading me habló de Oscar Wilde. La verdad es que esperaba ese momento para lanzarle a la cara el nombre de Teresa Wilms Montt y le espeté con crueldad: “Deja ya de comprarte libros del Carrefour que te llenan la cabeza de desigualdad.” Ella sonrió y me dijo que iba a cometer un acto extremo, yo la miré a sus profundos ojos color de caramelo, a sus pupilas de chocolate negro de Lady Godiva y le pedí que antes me diera un beso. Nos besamos frente a un edificio de ladrillo rojo bañado por una yedra verde, cerca había un buzón de correos.

“Voy a quemar las cartas que Rimbaud le envió a Whitman y éste nunca recibió, las cartas que yo me encontré en Bath y que serían el delirio de los investigadores.” Sonreí con malicia y le dije que en vez de quemarlas se las enviara a la escritora Salvadora Drôme. “¿Quién es esa?” –dijo. “Yo, yo misma, que estoy embarcada en una gran tarea y que en el día de mañana no voy a tener paga de jubilación”.

Entonces compramos un sobre y unos sellos y, sin leerlas siquiera, echamos la carta llena de cartas en el buzón, después caminamos hasta la parada de metro, hasta Schumann, y nos bajamos en la parada de la Bolsa, alegres porque habíamos hecho una buena inversión. Fuimos al salón de thé y pedimos un Earl Grey. Nos miramos y recordamos a la escultora Camille Claudel.

¡Cuántos actos queman en la oscuridad! Todos menos aquella decisión justiciera. ¡Oh Capitán, mi Capitán! Iré a celebrar la luna, las montañas, las veredas y las riquezas de esas cartas que me harán jubilarme con prosperidad. Todo se lo debo a esa enigmática funcionaria de la cárcel de Reading que dejó de comprarse libros en el Carrefour. Toda mi abundancia se la debo a ella, y así he trabajado en paz estos años comiendo sopa calentita y poesía de la buena sin tener que hacerme un seguro de vida.

Porque yo vivía en cada ala de mariposa, en cada verdor que se cuela en las murallas, en cada narración de mis amigas, en cada pez, en la forma de nadar y en cada noche que me reía de la seriedad intelectual. Y así, oh viejo Walt Whitman, espanté la pobreza gracias a tu correspondencia que pienso venderla en una subasta y emborracharme en Málaga, en la fiesta de los tontos, el 28 de Diciembre, mientras escucho el violín y bailo verdiales con mi amor: Miss Violet Albertine.




sábado, 1 de junio de 2019

La expectación




Los amantes de las expectativas duermen soliviantados soñado borrosamente con los objetivos a conquistar, es una forma de vivir en diferido, un no parar de coger atajos, una gimnasia a favor y en contra del tiempo, un estar a ratos, un no estar nunca.

         En esta época, en que se niega a enseñar a pensar porque se cree que los réditos serán cuantiosos, nos hemos encontrado con que el hombre expectante y deseoso ocupa los anuncios de las grandes marcas y es el centro de interés de los programas electorales: se quiere un hombre que no se esté quieto, proactivo, y una mujer paralizada en las imágenes inquietantes de la publicidad. Este mundo de modelos se imita sin cesar en las redes de mensajería virtual de una forma temblorosa e impaciente, sin profesionalidad.

         Y consiguen meternos la prisa en vena y sopesan si no es más beneficiosa una persona levemente adiestrada que totalmente inculta. Sea como sea se desprecian las raíces y la utilidad del arte. Se quiere el fogonazo, lo inmediato, lo que se mueve alrededor del “ya”. Y se nos quiere imbuir de un gran desasosiego.

         Más allá del sortilegio de la pseudoconversación existe un remanso sincero, para eso sirve el arte, ese es el sentido hoy de la palabra comprometida: la elaboración de un espacio donde la profundidad del agua clara de un manantial y su ausencia de ira tienen razón de ser. Allí crece también la risa, no la burla, sino la risa.

         Son, por tanto, fatuas las necesidades que nos crean mientras, por otro lado, no cesan de llamarnos inútiles. No nos quieren razonables ni que admiremos lo honrado, así luchamos entre nosotros como juguetillos eléctricos a los que dan cuerda de vez en cuando o a los que mantienen parados según la conveniencia.

         Muchas veces me pregunto qué sería de la Tierra si hubiéramos puesto como meta principal conjugarnos con ella sin dañarla. Si dejáramos de acosarnos, si nos hubiéramos propuesto cierta calma espiritual andaríamos con mayor placer. Me digo que ante esos fines muchos quedarían desarmados. Así que creo que llegará un día en que estaremos rendidos de vivir en burbujas frívolas combinadas, el fin de semana, con sus dosis de alcohol, para que el que no se construye se olvide de sí mismo, y no tenga ganas de reconsiderar la posibilidad de ser alguien apaciguado. Alguien fuera del botellódromo, de la masa tensa, del cuerpo a punto de actuar sin saber la dirección de su acto.

         No cabe más que esperar e ir recogiendo la basura de los lugares por los que transitamos, ir dejando belleza y que el arte no se proponga victorias de amiguismos ni estilo funcionarial. Que lo más puro sea la suave canción que nos despierte sin sobresaltos. Eso, y que seamos de una vez adultos.








sábado, 25 de mayo de 2019

Jacaranda o jacarandá




Y cuando creíamos que no podíamos con más belleza van y florecen las jacarandas. Todos los años llegan a su cita y asistimos al suave espectáculo, silencioso y azulado, de ver brotar en las plazas, en los parques, en la puerta de mi casa, en frente de mi ventana el acento de la vegetación que posee Córdoba; la jacaranda, esa tilde que marca el ritmo de la poética arbórea. Vemos renacer cada mayo la explosión de lo violeta que se esparce por el paisaje como si fuera una señal de la alegría, la bienvenida de la feria que ya está aquí.

         Hay quienes en vez de jacaranda la llaman jacarandá y luchan los dos nombres amistosamente porque los dos son bonitos. Yo jugaba con una amiga a ver qué denominación nos gustaba más y acabábamos rendidas pronunciando sus sílabas como si fuéramos niñas chicas.

         Se dice que se escribe poco cuando una es feliz, creo que deberíamos de tomar la costumbre de decir más las riquezas del presente, sobre todo las riquezas gratuitas que vienen a aliñarnos la vida y nos abren las puertas de la percepción, y nos colman y nos apaciguan y nos restituyen a la naturaleza más linda. Ese es un regalo inmejorable que podemos dejar a nuestras personas amadas y una herencia a la vez humilde y deslumbrante para las generaciones futuras. Quienes se olvidan de contemplar el presente y sacar todo el jugo de él se pierden la mitad de la vida, se hacen perdidizos y en su despiste se llevan la salud, que debemos salvaguardar, de los campos y los mares sin plásticos.

         Hay un romance que me gusta mucho desde siempre y que me sé de memoria, el romance del cautivo, de autor anónimo y de una sutileza inmejorable que me unía y me une fuertemente a la esencia de lo natural y que me hace reflexionar sobre las penas del cautiverio. El romance dice así:

      Que por mayo era por mayo,
        cuando hace la calor,
        cuando los trigos encañan
        y están los campos en flor;
        cuando canta la calandria
        y responde el ruiseñor;
        cuando los enamorados
        van a servir al amor;
        sino yo, triste, cuitado,
        que vivo en esta prisión,
        que ni sé cuándo es de día,
        ni cuándo las noches son,
        sino por una avecilla
        que me cantaba al albor.
        Matómela un ballestero;
        déle Dios mal galardón.

         Habla de la compañía que le da una avecilla, de su canto y de cómo éste lo sitúa en el mundo, lo orienta, lo incluye en el mapa social de una manera delicada. Cuando matan a la avecilla se siente perdido y solo, así nos sentiremos las personas si permitimos que gobiernen los ballesteros, los que no creen en la ecología, los que no respetan los ciclos de la naturaleza ni los hilos de la amistad, los que hostigan las semillas y los frutos, los que no tienen en consideración la compañía de los animales y la luz abrazadora de los descansos, los que vociferan y tienen ademanes militares, para meterle bulla a la respiración, para herir con sus flechas antiguas, para llevarnos, de nuevo, a los modales tajantes y a las estrategias combativas en vez de colaborativas.

         Pensemos en la naturaleza y sus rizomas, en las mujeres y su necesidad de expresar artísticamente sus placeres, en los hombre que acompañan sabiamente y se alejan de la masculinidad soldadesca y pueril, pensemos en la floración generosa de las jacarandas y no nos encerremos en las prisiones de la desconfianza y el retroceso, hagamos que Europa sea humanamente Europa y que en nuestros pueblos no gobierne la hostilidad. Es tiempo de conjunción y baile, no matemos las señales que nos orientan hacia la felicidad.











sábado, 18 de mayo de 2019

Pregón: Elogio de la Impureza: Día 16 de Mayo de 2019 en el acto de los Patios del Foro de Política Feminista




            Hoy vengo a hablarles por Alegrías, no se asusten no voy a cantarles, voy a hablarles por Alegrías, alegrías de la Impureza, simplemente quiero reflexionar un poquito sobre lo que el Flamenco ha significado para mí.
            Ya saben todas que me llamo Salvadora Drôme y que el nombre de Salvadora tiene una canción condenatoria que la he escuchado en boca de muchos voluntarios en señalar la maldad inherente en el género femenino.
            La cantaba Caracol y decía así: “Que razón tenía la pena traidora/que el niño sufriera por la Salvaora/ diécisiete años tiene mi criatura/ y yo no me extraño de tanta locura./ Eres tan hermosa como el firmamento,/ lástima que tengas malos pensamientos./ Quién te puso Salvaora/ que poco te conocía,/el que de ti se enamora,/se pierde pa toa la vía./ Tengo a mi niño embrujao/ por culpa de tu querer/ si yo no fuera casao/ contigo me iba a perder./ Dios mío que pena más grande/el alma... me llora.../a ver cuándo suena la hora/que las intenciones/ se le vuelvan buenas/a la Salvaora.

            Como ustedes habrán podido captar lo que se subraya es el carácter malo malísimo de la protagonista y la absoluta desfachatez del que dice, es decir, su suegro, que le canta a la nuera para dejarle claro quién manda en el estado del relato. La mujer que tiene malas intenciones, que no tiene redención, que es pérfida, pero a  la que no le escuchamos la voz porque el dueño de la fábula aleccionadora es masculino y él es quien tiene derecho a denigrar a la joven novia del hijo. Vaya, perversión pura.  Quintero, León y Quiroga fueron los artífices de esa letra y de muchas más en que la fatalidad, el miedo, el desprecio y el dolor ocuparían las cabezas de jovenzuelas que no tenían otro contacto con el arte que aquel que transmitía la radio, la radio del régimen, la misma que utilizaba las novelas para embaucar y apaciguar cualquier indicio de rebeldía. También anestesiaban a través del consultorio de la Señorita Francis que les pedía a sus seguidoras que aguantaran en sus matrimonios desdichados, que agacharan la cerviz y obedecieran.

            Pero el flamenco era mucho más que eso, El Flamenco se hunde en la noche de los tiempos y del dolor. El Flamenco hablaba de pureza, esa gran palabra, que es fría, sin raíces, sin apego a la vida, que me retrotrae a las salas quirúrgicas donde todo está desinfectado. La pureza no deja elección, existe lo correcto y nada más, y nada más.

            Pero el Flamenco es mucho más que eso, es el dolor de parir y no parir, trata de la ingenuidad de las de abajo, aquellas que abrazan la lírica porque la novela es una creación que requiere mucho tiempo, que se necesita por lo menos mucho papel y tinta. La lírica es otra cosa, la puedes escribir en la mente y cantarla al instante como los fandangos. La puede inventar una mujer mientras lava en el río, el río al que teme cuando crece por las tormentas.

            Y la pureza estaba en la garganta de los hombres, ellas cantaban por lo bajini y los ensalzados, los aplaudidos, los serios eran ellos, los respetados. La impureza era nuestra, por lo menos no nos quiten ese calificativo, nos persigue desde que Eva mordió la manzana: “Maculadas sin remedio”, solidaridad desde aquí con la artista Charo Corrales y su obra violentada: Con flores a María. Exposición que está teniendo lugar en la Diputación.

            Recuerdo que cuando niña conocí una cantaora que se enamoró de un hombre que tenía un ojo de cada color, y se hicieron amantes y se acostaron, catapúm chimpún. Pues bien en la peña sólo se hablaba mal de ella, que había llevado al hombre por malos derroteros, le había buscado la perdición. A mí me sofocaba ese trato y pensaba con coraje que siempre habíamos jugado a perder, apostado por el fracaso y que si queríamos ganar teníamos que cantar y querer nuestro cante más que nada en el mundo, apreciar el arte sobre todas las cosas, ¡Oh, Hermanas!¡Oh, Sisters! A aquella mujer le empañaron la carrera, le dijeron que era una pilingui y juzgaron su voz por sus deseos. Siempre me ha molestado que se juzgue a las mujeres por las ganas o no que tengan de practicar sexo, eso ha sido una forma de talarnos y pienso que muchas de las letras del flamenco entronizan esas maneras inquisitoriales hacia nuestros cuerpos. Queridas mi cuerpo es mío solo mío y yo soy dueña de mi deseo y mi disfrute.

            Es fácil obtener el aplauso del público, sólo hay que nombrar sentimentalmente  la patria, recordar a la madre o acogerse a las leyes de la sangre, criticar con vehemencia a los enemigos, remover en la emocionalidad más baja, vestirse para engañar a los turistas o no respetar la cadencia de los silencios. No olvidemos que el sonido de un abanico sobre el pecho de una mujer sustenta el mundo y que las cantaoras buenas llaman respetable a quienes las escuchan. Ese es el contrato, yo te doy lo mejor de mí, te doy la excelencia y tú cuelgas los estandartes con mi nombre en tu corazón. La buena comida se hace lentamente, las buenas amistades se fraguan despacio, los polvos recordables no se han dado a la ligera bajo la voz antigua de: “Ponte”, la orden que escuchaban nuestras abuelas sin más adornos que las exigencias.

            Y dándole al respetable lo mejor el público crece y madura, se hace y comprende que el cante nace del pueblo y que la cantaora es un reflejo de esa selecta democracia. Entonces nacen nombres como Carmen Linares que tiene andares de maestra y a la que todo le resulta fácil. Y canta eso de: “Triana, Triana que bonita está Triana/ Que bonita está Triana/ qué bonita está Triana/ cuando le ponen al puente banderas republicanas/ que cuando le ponen al puente la banderita republicana”. Esa filosofía, la de hacer para la mejoría de todas, es muy distinta del Libro del Tao  de Lao Tse cuando dice: “El santo (el gobernante) actúa de manera que el pueblo no tenga saber ni deseo y que la casta de la inteligencia no se atreva a actuar.” Desde aquí lo digo: No me gusta el Tao.

            Esa es una de las cualidades de la que sabe: mostrar con ligereza, sin peso como si fuera un ave, más ligera que un ave, la pluma de un ave, o la coreografía del vuelo de una mariposa que cantara Lole Montoya, la de Lole y Manuel, ella, la voz del dúo que atravesó la pureza para fusionar, y fusionar no quiere decir otra cosa que unir completamente, no cortar ni pegar sino hacer un uno de la variedad. Una digestión de arte.

            Y me viene al corazón el ritmo de la Martirio meciéndose en una butaca como si fuera en barca, en el vaporcito del Puerto de Santa María a Cádiz, con su voz fusionada también, impura, porque la pureza sólo les sirve a los bobos, a los que no se salen de sí mismos, a los que no quieren la comprensión. Y mientras canta Martirio abraza el jazz como la Niña Pastori amanece en Caí por la madrugá. Y no pasa nada, Señoras. Contaminémonos con todas las voces y reconozcamos a las que las precedieron: La Niñas los Peines, Dolores la Agujetas, la Repompa de Málaga, Rita la Cantaora,  Bernarda de Utrera, La Perla de Cádiz, Pastora Imperio…

            Y sigue el embrujo de la confusión, del remolino, del aquí cabe tó Dios y entonces veo los ojos dorados de nuestra amiga Carmela, la Carmelilla, que me la encuentro una noche en la puerta del Gran Teatro y me dice que acaba de ver a Mayte Martín que con dos ovarios se pone a interpretar los bellos poemas del salinero Manuel Alcántara que nos ha dejado este año discretamente: Y el poema de Manuel Alcántara dice así: “No pensar nunca en la muerte/ Y dejar irse las tardes/ Mirando como atardece./ Ver toda la mar enfrente/ Y no estar tristes por nada/ Mientras el sol se arrepiente./Y morirme de repente/ El día menos pensado./ Ese en el que pienso siempre.”
            Esto fue lo que cantó Maite Martín y tenía a nuestra Carmelilla entusiasmá.

            Y entonces deseo que todas seamos impuras, que esa sangre de la menstruación, que la otra del parir valga más que las sangres de las guerras, que nuestro potencial de paz, de cante por la paz, valga más que cualquier disposición guerrera que sólo sabe generar infelices. Y que lo que se prende de nuestra alma sean las intenciones de hacer versos, cantiñas, como cuando le hablábamos a la amiga y le contábamos nuestras aventuras de amor. Porque Señoras, hay que gozar, disfrutar sin cortapisas. Disfrutar mientras te tomas un helado y paseas por la calle Foro Romano o disfrutar de la brisa sobre la espalda, o del cariño de nuestro compañero o compañera. Y después contarlo, porque tenemos que dejar huellas para que nuestras niñas no se pierdan. Contarlo y cantarlo por Alegrías. Para crear una tradición del bienestar, una tradición donde se acoja nuestro ser mixturado, mezclado, impuro.

            En otra ocasión fuimos al Gran Teatro la Carmelilla y yo a ver al Brujo, representaba una obra de Fernando Quiñones titulada El Testigo, se contaba en dicha obra la vida del cantao Miguel Pantalón. La obra era un estudio con buen humor sobre la genialidad en el Flamenco, sobre su moral y sus leyes. Disfrutamos. Pero vaya si tuvimos que disfrutar. A ella le gustó mucho la parte en que se describe la personalidad del cantao, cuando se ríe el amigo de cómo lo ven sus seguidores y cómo era en realidad, cuando dicen eso de que era un encanto. Un encanto, un encanto…

            Un encanto, un encanto. Digo yo que la Carmela lo que se dice un encanto no era, pa que nos vamos a engañar, cuando te quería dar así en el lomo, te daba. Una tarde estaba yo con un amigo en la Sociedad de Plateros echando un medio, y cojo y le presento a mi amigo: Carmela, aquí Fulanito. Y me dice con desparpajo en un aparte: “¿Este que es el maltratador que nos interesa?”. 

            Bueno, a lo que iba, después del teatro nos fuimos a tomar una cerveza y hablamos del  Consejo Municipal de las Mujeres, ¡no!, del feminismo de la diferencia, ¡no!, de la reunificación de  la izquierda a través de los ovarios, ¡!no. Hablamos, señoras mías del fucking fucking. Ella me contó que fue novia de…… Se me ha olvidao el nombre.  Y  yo le dije que había estao con… No me acuerdo. Mejor lo digo por Alegrías: Existen las Alegrías de Cádiz y las Alegrías de Cádiz, estas son una mezcla larga, por eso la llamo Alegrías en cascadas y dice así. Estas Alegrías las he escrito especialmente para esta ocasión.

Yo conocí a Carmela
Ay, mare en la rebujina
Y no hubo entre nosotras
Ninguna espina
Aquí tienes agüita clara
Yo la traigo con sal
Entre Málaga y Córdoba
Primita está la verdad
Que hablamos de amores
De la humedad del río
Y de lo que es quererse
Y no pasar frío
Que yo no estoy pa penas
Que quiero a la gente buena.

            Lo cierto es que nuestra Carmelilla era mú entrañable, un día vino llorando porque había perdido un amor y le dio por decir que ya no viajaba más, que no volvía a Chueca, que nada, que no viajaba, que no volvía a subirse ni en tren ni en ningún vehículo motorizado. ¿Ustedes saben lo que hizo la Esther? Nuestra Ester García Navarro: Le regaló una maleta.

            Éramos pocas, pero con una malaleche, además entonces no se había inventado todavía la sororidad, por lo menos tal como la entendemos ahora, con delicadeza Esther, con delicadeza. Y la Carmen García Palomo que es la más cateta de tó nosotras decía medio cuchicheando, como si fuera una monja: “Esther a ver si pudiera encontrar la Carmelilla un amor pa toa la vida. ¿Pa tóa la vida Mari? –le respondía la Esther.” Mientras Yolanda Bettioui, pa quitarle hierro al asunto, se emborrachaba con la Carmelilla, y se ponían las dos bonicas y repetías: “Que ya no viajo más, que no voy más a Chueca.”

            Pero el flamenco no es solo el cante, cante como el de Estrella Morente interpretando a  San Juan de la Cruz, ese heterodoxo, esa mezcla de amor a lo divino y a lo terreno.“Tras de un amoroso lance,/ y no de esperanza falto,/ volé tan alto, tan alto,/ que le di a la caza alcance”

            Y esa búsqueda de lo impuro  y lo bello es lo que ha llevado a Rosalía a cantar por los Chunguitos y elevar su cante hasta regiones luminosas.

            Pero el Flamenco no es sólo cante, que también está el toque y el baile. El baile de la excelente María Pagés que en su espectáculo Utopía, inspirado en la obra del arquitecto Niemeyer, construye una coreografía del grupo, de la justicia sin escalafones, del apego absoluto a la generosidad de la realidad, del presente, de lo hibrido.

            Recuerdo que la vi en el teatro Español con mi mujer y las dos nos quedamos anonadadas, admiradas, arrobadas, con ganas de más y más. Por eso la volvimos a ver aquí en Córdoba en otro montaje: Óyeme con los ojos inspirado el título en el poema Sentimientos de ausente de la gran Sor Juana Inés de la Cruz, la feminista del Barroco.
“Óyeme con los ojos, /Ya que están tan distantes los oídos, /Y de ausentes enojos/ En ecos de mi pluma mis gemidos; /Y ya que a ti no llega mi voz ruda, /Óyeme sordo, pues me quejo muda.”

             Espectáculo de una gran complejidad espiritual y carnal, lleno de sabiduría y alegría popular. Los brazos de María Pagés nos hace alcanzar la luna y sentirla cómo algo más que un satélite, como la regidora de las mareas y de nuestras reglas.

            Y qué me dicen de las tocaoras: hembras que ponen sobre sus pechos el cálido olor de la madera: Antonia Jiménez, Laura González, Kati Golenko.

           
            Y llego al final yéndome al principio. A los Campanilleros, porque yo soy de un barrio de Málaga que se llama Campanillas y nos sentíamos orgullosas cada vez que escuchábamos por Navidad a la Niña de la Puebla, nos sentíamos como aludidas, como importantes, como llenas de dignidad. Una dignidad recobrada después de tanto trasiego por el rechazo. Y entonces me gustaba mi nombre, que antes perteneció a mi abuela paterna, una mujer buena, alejada de lo que cantaba Manolo Caracol. Un nombre que con su sola sonoridad me abría las puertas. Y si para el mundo de las letras soy Salvadora Drôme para ustedes, amigas mías, soy por lo llano la Salvadora, La Salvaora de Campanillas.