sábado, 16 de mayo de 2020

Apego

         Hoy quisiera recoger las palabras más hermosas, las que dan compañía, esas son las mejores, porque no hay trabajo más bello sobre la Tierra que dar presencia de una u otra forma, que apegarse en libertad a aquello que admiramos y queremos.

         A mí me enseñó a escribir con apego el conjunto de personajes-narradores que conforma mi familia. Sin saberlo, los años que pasé en Campanillas (Málaga) serían la suculenta raíz que hacía crecer todos mis relatos, que me daba la posibilidad de ponerme en el pellejo de cada cual; eso y hablar sola, cosa a la que estoy muy acostumbrada.

         En los primeros días de mi vida me hallé rodeada de enfermeras y médicos que hablaban en francés y que me pusieron de apodo Lola Flores. En cuanto mi madre me cogió entre sus brazos me llevó al habla andaluza y de ahí bebí, de su ingenio y relajación, de sus riquezas.

         No sé hablar de mí sin hablar de ella. Las madres, esas personas que tanto influyen a las mujeres que escribimos porque desde chicas estamos cogidas a sus enaguas de fantasías, a cómo nos cuentan el mundo.

        Mi madre tiene un gran sentido del humor y siempre ha parecido más joven de lo que es, tiene la facultad de hacerlo todo perfectamente: guisar, coser e ironizar. Nos ha criado a mi hermano y a mí como si fuéramos los geniales herederos de una estirpe confusa y feliz, tal vez por eso nos vestía con telas iguales, sin saber psicología dejaba una huella en nuestra personalidad: la de pertenecer a un mismo conjunto.

                 Yo empecé a escribir un día lluvioso en que le dediqué un poema a mi madre que surgió, resplandeciente, como una llave que abriera las puertas de la comunicación, un trasiego de vivencias de calidad, algo sencillamente bueno, como la valentía. Mi padre y mi madre creyeron estar ante un milagro: Tenían una hija escritora. Ambos se pusieron locos de contentos. Alguien de su misma sangre, carne de sus carnes, sabía materializar pensamientos por escrito. Me abrumó aquella importancia, yo misma no sabía lo que había hecho: el acto literario estaba en marcha, todo gracias a ti, mamá. Te quiero, guapa.


  
Agustina López Díaz, ferretera, modista, cocinera excelente y mi profesora de andaluz. Pronto estaremos tomándonos unos espetos.




sábado, 9 de mayo de 2020

Gatunería

Este Poema-Océano lo escribí para el recital virtual de La Viajera de esta semana.



            Esta es la historia de un gato llamado Falso que trabajaba en el servicio secreto e iba acompañado de su colega García, una gata negra acostumbrada a beber vino Montilla-Moriles en época de ferias. Ambos vivían en el Realejo, allí tenían su casa con un patio de geranios y una fuente en medio.

            Les encomendaron que hicieran un informe sobre Proust y Frida. El gato Proust era de pelaje gris y anaranjado, muy hermoso y con un gran estilo, se crio en la alta sociedad y sabía bailar los valses de Strauss. A Frida la encontraron en un contenedor, de noche, muerta de frío, era vital y parlanchina y también bailaba con elegancia, era de tres colores: negro, blanco y carey.

            Falso y García vigilaban a Proust y Frida. Proust era de costumbres rutinarias: bebía agua fresquita, dormía en un sillón verde y se pasaba el día pensando si no había perdido el tiempo aprendiendo a decir “Miau” para que lo entendieran los humanos.

            Frida, en cambio, vivía al día, leía a Chris Kraus y participaba en manifestaciones feministas. Era una gata muy comprometida.

            Pero todo cambió cuando llegó Peluso, un gato color zanahoria muy ansiado por los gateros. Y aún cambiaron más las cosas cuando llegó Nala, la curiosa Nala, investigadora, científica y atleta.

            Se hicieron muy amigos los cuatro: Proust y Frida, Peluso y Nala. Y esto llenó de envidia a Falso y García que escribieron un informe demoledor sobre las costumbres de los felinos en cuestión. Entonces sucedió algo extravagante: llegó al barrio un avestruz, que veía las cosas desde lo alto y comprendió que el dossier que estaban elaborando era una verdadera intromisión sobre sus intimidades y así se lo dijo a los afectados.

            Falso y García no sospechaban nada porque admiraban las alas del pájaro que no vuela y quedaron muy sorprendidos cuando Proust y Frida, Peluso y Nala mostraron sus caras más amables y los invitaron a merendar tortitas con nata y caramelo. Fue así como descubrieron que hasta los agentes secretos tienen secretos y deseos de amistad.

            Y Falso, García, Proust y Frida, Nala y Peluso fueron muy felices en el barrio del Realejo cuando llegó el carnaval y cada uno dio lo mejor de sí: la alegría de abrazar y de ser abrazados.








sábado, 2 de mayo de 2020

El Nuevo Paseo




Ya será la vida distinta y veremos con otros ojos la fuente cercana, los reflejos del vidrio de los escaparates, los naranjos y las macetas. Todo tendrá una pátina de doble vida, de vida que se sobresale de su capacidad como los mensajes tiernos y, a veces, edulcorados que hemos compartido. Pero no pasa nada: el exceso de azúcar también nos sirve en este momento en que lucimos burgueses e indefensos por el abismo de la existencia.

         Se reirían de nosotros las niñas que vienen huyendo de Siria, los hambrientos de Haití o los habitantes del Yemen. Pero nosotras también somos personas que se asombran ante la novedad del Hecho: ahora contaremos los sucesos teniendo en cuenta si nos pasaron antes o después del Coronavirus. Nuestra humanidad ha sido puesta a prueba y también tenemos derecho al temblor; eso sí, sin exagerar.

         Saldremos emocionados a dar un paseo. Tenemos que medir esa riqueza. Hay quienes no tienen tranquilidad en las calles para dar una vuelta por el parque. Saldremos con la alegría del bañista que está en la orilla midiendo lo arriesgado de su aventura. Saldremos nosotras con la mirada más allá del horizonte: tenemos tanta costumbre de cuidar que seremos cuidadosamente aventureras, conscientes de que hay mujeres que se juegan la vida dentro de casa, de que hay quienes viven en la calle y la calle no se presenta como un manjar tan apetecible.

         Ya salieron los niños y las niñas, ambos valientes como personajes de cuento. Nosotras saldremos con nuestros amuletos, con esa nueva forma de contemplar el mundo y hemos salido de casa, de las labores de casa, que debe ser el metro para construir puentes y edificios, hospitales y ayuntamientos. Construir el exterior desde el interior y no al revés como hacían los griegos que, para hacer política, se desembarazaban de las tareas del hogar. Debemos poner en el centro de nuestro nuevo mundo los esclavos y las esclavas, debemos subir en un pedestal a las que limpian.

         Sí, es emocionante recorrer nuestro barrio, saludar a los vecinos, a todos, a los que no conocíamos y a quienes conocemos, ya hemos aprendido lo que es la lentitud. Exijamos la parsimonia necesaria para que nuestros abuelos y abuelas sean felices. Exijamos que la igualdad llegue hasta las calles del cielo, que están allí, en todo lo alto, intentando imponernos una geografía anticuada y molesta.

         A veces, mientras paseo, me invento rezos cívicos dedicados a diosas divertidas, desenfadadas como Pippi Calzaslargas. Y levanto la vista y observo las fachadas, no quiero que mi mirada contenga nada más que suelo, preciso de las alturas, altura de miras para construir un Estado que contenga la sinceridad.





sábado, 25 de abril de 2020

La bienvenida


                                      Este poema está dedicado a María Alonso Díaz


Trae entre sus manos
jabón de Alepo,
pañuelos del Mármora,
pendientes plateados,
foulards de la India,
manteles blancos y turquesas,
lluvias de Oriente,
misteriosas imágenes
que sólo revelan la paz.

Nos dijo un día
el nombre de todas las calles
de Córdoba,
la forma de preparar
un café.
Nos enseñó el anhelo
de caminar en silencio,
nos mostró la luz
a través de los arcos
y la fuente de mercurio.

Vivimos porque aprovechamos
el destino de otro.
Y allí estaba ella: señalando
la dirección del río,
las veredas de Trasierra
y la cartelería de los afectos.

Nació para procurar los ritos,
para ser nuestra anfitriona.

 
María Alonso Díaz, pronto estaremos atareadas en la contemplación de las plazas.


sábado, 18 de abril de 2020

El festín



Llegará un día en que celebraremos otro festín. Saldremos todas a la luz y nos embriagaremos con los rayos del sol, con la presencia querida de la amistad cultivada por tantos años y tantos acontecimientos. Por habernos dado tanta libertad las unas a las otras.

         Estas son mis amigas de Granada, las que estudiamos juntas, las que aprendimos a respetarnos mientras merendábamos tostadas de mantequilla, azúcar y canela y nos contábamos nuestras vidas, que para otros, tal vez eran insignificantes, pero que para nosotras tenían la importancia de una eviterna.

         Son los misterios de las discordancias que quieren concordar, y siendo cada una de nuestro padre y nuestra madre decidimos sincronizarnos para enriquecernos más: Reme tose cuando yo hablo en público, ha recogido mis temores y se los lleva a su garganta para aliviarme a mí del miedo escénico. Margarita tiene el don de la honradez y va siempre corriendo a todos sitios, sabe lo que es la bondad y la practica como quien nada en el mar de las contradicciones, alzándose siempre sobre los pequeños contratiempos. Olga va a Francia en bicicleta, aprendió ruso cuando nadie estudiaba esa lengua, es sólida como una piedra que sirviera para fundar la ciudad de las mujeres. Yolanda se ha salido de los esquemas amigables y se ha convertido en mi esposa, y ríe, ríe siempre como si ella hubiera inventado la inteligencia en el reír. La gran Paloma tiene una voluntad de hierro, una humildad de zíngara, una ternura sin complejos.

         Me casé el 16 de marzo de 2007 con Yolanda, entramos en el salón de los mosaicos del Alcázar de Córdoba al son del himno de Andalucía, condujo la ceremonia la concejala Inés Fontiveros, todavía recuerdo sus palabras. Leyó un poema nuestra amiga Carmela, la Carmelilla. Después hubo un banquete y baile. Nos pudimos casar gracias a que el 30 de junio de 2005 se logró la aprobación del matrimonio igualitario en el Congreso, votaron en su contra el PP y Unió democràtica de Cataluya. No lo olvidemos, que ahora a posteriori parecen algunos muy modernos.

         No se puede olvidar nunca, no podemos olvidar cuando llega la brisa de la libertad, libertad, libertad ni cuando quieren engañar tu deseo y encerrarlo en fórmulas derivadas y cobardes. No se pueden olvidar los nombres de quienes nos han hecho caminar con orgullo. Todo sucedió en el gobierno de Zapatero, simplemente lo constato, soy testiga y participante del tiempo que me tocó vivir.

         En nuestro viaje de novias, cada vez que llegábamos a un hotel, pedíamos habitación de matrimonio y sonreíamos satisfechas. En Madrid fuimos a la librería Berkana a comprar libros que hablaran de nosotras, era nuestra forma de expresar el agradecimiento. Simplemente tocábamos la plenitud y la felicidad.

         No olvidemos a quienes han sabido acompañarnos. No olvidemos ni ahora ni nunca. Después celebremos con generosidad nuestras victorias.



 
De izquierda a derecha: Reme, Marga, Olga, Yolanda, Salvadora y Paloma. Pronto celebraremos que podemos salir a pasear.






sábado, 11 de abril de 2020

La belleza




Recuerdo las siemprevivas en los caminos de Felix, en ese otro Oriente que es Almería. Recuerdo platos típicos de allí como el trigo, los gurullos o las migas, que en días de lluvia hace la Anita España, la floristera de Roquetas de Mar. Vienen hasta mí las conversaciones que he mantenido con Pepe Vizcaíno, el marido de Anita, sobre la diferencia entre el susto y la muerte, sobre la necesidad de hacer un teatrillo en verano, en la terraza. Todos juntos hemos sentido el deseo de embriagarnos, de bañarnos de noche, de bailar en la Playa de la Romanilla mientras la luna iluminaba la oscuridad.

         La familia Vizcaíno-España fue un regalo que me hizo mi mujer a la que siempre estaré agradecida. Porque mi mujer es así, regala sin alboroto como si la generosidad fuese el nombre de su respiración. Y me ha dado la posibilidad de conocer la justicia y las amistades, todo envuelto en una sonrisa inteligente. Y me ha regalado el desierto y el nombre de las flores.

         El Pepillo es el hijo mayor, tiene una sonrisa deliciosa y es muy trabajador, en su cabeza duermen itinerarios arquitectónicos y unas ganas, siempre libres, de edificar alegrías. El Paquillo se pintó en una ocasión el pelo de azul, hizo el camino de Santiago y nos apoyó sin fisuras cuando nos casamos Yolanda y yo, es un rebelde. Ana es la hija pequeña, inteligente y tímida, me regala unas gafas de sol todos los años, tiene un profundo sentido del humor.

         Todos saben que yo trabajo elaborando belleza y que no me gustan dejar los andamios a la vista, que acercarse a la dulzura en el decir es mi día a día, que ser escritora es mi tarea, que todos los días escribo y que les doy las gracias cuando me acogen en su casa llena de risas, vacía de preocupaciones delante de los niños. Son mis mecenas.

         Las artistas, particularmente, estamos conquistando nuestro tiempo para dedicarlo al arte. No nacen las frases de la nada, no se escribe un libro linealmente. Recuerdo una conversación que tuve con Anita España en que le conté que me gustaría tener un mecanismo que midiera las horas que le dedico a la ocurrencia de tener una cosmovisión literaria propia para después compartirla.

         Quiero alejarme de cantos proféticos, de la voz excesivamente elevada, de un ego hinchado y herido de narcisismo, de la corrupción de los pequeños arreglos y de las visiones deslumbrantes. Quiero ser agradecida con los que me han ofrecido las llaves de su casa, alegre cada vez que encuentro una metáfora no dañada, y elaborar una página sencilla y clara como el agua transparente y mía, porque yo tengo derecho a crear belleza, mi belleza, que quiere ser recibida con el respeto de quien reconoce las energías que se lleva este quehacer.

         Hay que trabajar con calma y la calma ha sido un bien recibido de la familia Vizcaíno-España. La calma para inventar juegos donde no existan la competencia, juegos en la orilla de la honestidad. Así nos entenderemos de una vez por todas.



Salvadora Drôme acompañada de la Familia Vizcaíno-España. Una antigua foto de los 90. Pronto estaremos jugando a  las cartas o al dominó.






sábado, 4 de abril de 2020

Oriente




El domingo 13 de Octubre de 2019 fui a ver una exposición al Museo Thyssen de Málaga: “Fantasía árabe. Pintura orientalista en España 1860-1900.” A la salida compré un libro de Edward W. Said titulado Orientalismo. Fue una hermosa tarde acompañada por mi madre, paseamos por la calle Larios, nos tomamos un  té en la Plaza de la Constitución.

         En el libro de Said se cita un texto de la novela Bouvard y Pécuchet del escritor francés Flaubert y dice así: “El hombre moderno está en continuo progreso. Europa será regenerada por Asia. Siendo ley histórica que la civilización vaya de Oriente a Occidente (…) las dos formas de humanidad finalmente se fundirán en una sola.”

         Mi madre y yo seguimos nuestro camino: admiramos la luz de la tarde, andábamos pausadamente, ya no tenemos prisas, ambas hemos llegado a ser dueñas de nuestros ritmos, de nuestros latidos. Veníamos de ver arte y de gastar poco dinero, y eso nos satisface.

         El domingo 8 de Diciembre de 2019 fuimos las dos, de nuevo, a un museo, esta vez al Museo Ruso donde vimos una exposición dedicada a Anna Ajmátova y otra dedicada a Nicolay Roerich. El Este de nuevo nos llamaba con su delicado aroma de lo distinto. Al volver a casa vimos las luces de Navidad, la ciudad estaba repleta de turistas.

         Siempre he pensado que en esta cara del mundo lo demasiado nos parece poco, que tenemos que aprender de todo lo que nos ofrece Oriente como si fuéramos curiosas personas desposeídas de lo previsible. En nuestras manos está hacer de nuestra alma una cuna donde nazca el agradecimiento, un lugar donde aceptemos sin superioridad lo que nos regalan los versos que vienen de la lejanía y que ahora, gracias a estar tan juntos, los tenemos tan cerca.

         Debemos, sinceramente, preguntarnos de qué nos sirven las guerras. Y mientras escribo esto veo el rostro de mi madre, cansada, porque en los museos ponen pocos asientos para que podamos contemplar los cuadros que nos gustan, eso dice ella. Veo su cara de paciencia ante mi avidez de cultura y cultura es ella, mi madre que tanto sabe, que es una pintura turquesa y niña. Enigmática como si dentro de sí llevara Oriente, Occidente y todo lo que nos ha cuidado y nos cuida.


Mi madre y yo, pronto estaremos viendo museos.