domingo, 15 de mayo de 2016

Mitos




         Pero, claro, algunas veces tiene una que dejar las minúsculas y ponerse en su sitio. Llegan días para posicionarse, llegará pronto a nuestras calles lo que Barthes, en su libro Mythologies, llama la “fotogenia electoral”.

         Y quieren decirnos estos, mayoritariamente señores, con pocas palabras, todo un mensaje de bienestar. Cambiamos por imágenes y eslóganes lo que se podría definir en una buena, pausada, veraz, tertulia; antes de que el significado de tertulia fuese prostituido.

         Eliminamos con un clic fotográfico aquello que podríamos comprender profundamente a través del diálogo, del lenguaje.

         Después vienen en su apoyo los ayudantes, esos que creen que su voto vale más que un voto y que son ejemplo de dónde hay que poner la equis, dónde debe una señalar, elegir. ¡Cuánta soberbia!

         Me imagino la cara de los parados de larga duración, esos que ya no se ven ni por la oficina de empleo porque todo lo han informatizado y se puede sellar desde casa; imagino las caras de esas paradas al enterarse de que los partidos políticos no han podido llegar a un acuerdo de austeridad para la campaña electoral. A esa mujer va a venir un intelectual a decirle, encima, lo que debe de votar. ¡Qué vergüenza!

         Este es un país que no ha aprendido lo que significa la palabra responsabilidad y nos echamos en brazos de los asesores financieros como si fueran niñeras, por lo visto pasa eso con frecuencia, y yo me lo creo, sinceramente, me lo creo, porque aquí sabemos lo que significa la palabra culpabilidad y dejamos entrar ese término falaz en nuestras vidas con tal de no crecer y en ese campo semántico nos movemos. Diego Gracia sabe mucho sobre ello.

         Pues bien, Señoras y Señores, no somos adolescentes, no podemos seguir siéndolo. Sí, ya hemos crecido, no esperemos que cualquier cantamañanas con el rostro lindo y las manos lavadas nos diga lo que tenemos que hacer, no esperemos que cualquier ocurrencia aparezca como el lema supremo digno de un anuncio publicitario, no dejemos que esas fotos melancólicas y ensoñadoras, esas fotos de las que no quiere prescindir nadie con su pose, por supuesto, erótica, nos lleven hasta las urnas como si fuéramos personas sin verbos, sin nombres, sin silencio.  No permitamos que reine la afasia y la falta de escucha, ya está bien de gestos, de teatralidad y postureo. Nos merecemos más.   







Conferencia de Diego Gracia sobre RESPONSABILIDAD, TÉRMINO MODERNO





domingo, 8 de mayo de 2016

Mi patio





         Recuerdo sobre todo una tarde en el patio, éramos pequeños, mi primo Paquito Eduardo, mi hermano y yo nos pusimos a componer una canción, era la hora de la siesta y nos habíamos refugiado allí, debajo de la escalera para dar rienda suelta a lo que nosotros considerábamos creatividad. Toda palabra era nueva, casi no sabíamos escribirla, la guitarra era más grande que nosotros.

         Teníamos un melocotonero y un ciruelo y un limonero, y una vez le dio a mi abuela por plantar rosas de terciopelo. Veía desde la ventana a mi padre y a mi madre hablando de poda y esquejes y parecían los personajes de un paraíso entre las cuatro tapias que delimitaban lo nuestro. Junto a mi ventana se recostaba el jazmín y por la tarde hacíamos las biznagas.

         En el patio jugaba a ser pintora mientras encalaba con mi madre, y nos bañábamos en los bidones que mi padre trajo de no sé dónde, y crecía la imaginación y soñaba con tener alas para salir del patio. Y plantamos berenjenas y sembramos zanahorias y los conejos crecían, innumerables, mientras nosotros nos creíamos campeones de tenis con nuestra primera raqueta.

         Creíamos merecer ese patio inmenso después de venir de la estrechez del sitio donde vivíamos antes. ¡Qué hermoso es construirse una familia su propia casa! Y hablábamos con mi tía María de la antigüedad de las flores, de la necesidad de trasplantar las macetas.

         Estábamos entretenidos en el patio, con nuestras importantes tareas, cuando le dije a mi primo Paquito Eduardo que iba a dejar la carrera de patinadora artística porque no le veía futuro, porque no creía que nevara en Málaga y además las calles eran todavía de barro. Él me miró muy serio y me preguntó que entonces qué iba a ser, mi hermano contuvo la respiración expectante, le dije que sería escritora y que iba a escribir una novela sobre las suegras, que me daba a mí que estaban muy mal vistas y que no sabía yo por qué. Mi primo dijo que él me la ilustraría y mi hermano le dijo a todo el mundo mi nueva profesión. Así que para Navidad me echaron los Reyes una mesa pequeña en la que instalamos nuestra oficina y allí descubrimos, mientras ahondábamos en la ficción, por qué esas mujeres estaban tan mal vistas, sobre todo en la época de Franco.

         Y de pronto limpiábamos las hojas del otoño, abríamos el sumidero para que el agua de la lluvia tormentosa no se estancase, o simplemente nos quedábamos como bobos mirando una esparraguera o el tono subido de la yedra como si le diera vergüenza que sus hojas atravesaran el más allá. Y a mi primo se le ocurría hacernos una visita guiada por aquel universo que a la vez nos parecía tan grande y tan pequeño, y nos explicaba el origen de nuestra geografía como si supiera inglés, un inglés inventado que a mi hermano le disparaba la risa y ya no podíamos parar de reír en el patio.



Mi primo se inspiró en esta ilustración de Láiz de la edición escolar de las Novelas ejemplares preparada por José María Osorio Rodríguez para iluminar mi obra sobre las suegras en general.










Si les apetece pueden leer el capítulo titulado En el patio de mi novela La reina de la morralla que aquí les enlazo.

                                           En el patio










domingo, 1 de mayo de 2016

La amistad



         En mayo de 1994 llegué a Córdoba, no conocía a nadie, aquella noche había un acto poético en la Posada del Potro, la ciudad me pareció oscura, con demasiados límites y desaprovechada.

         Me senté en un velador que vi vacío y me dije para mí: “quien se atreva a sentarse a mi lado será mi amigo.” La Posada estaba repleta, había bullicio, gentes que se saludaban entre ellas. En fin, el mundo poético y sus protocolos.

         Se acercaron dos hombres: Francisco Benítez, teatrero, y Carlos Clementson, poeta. Me pidieron permiso para sentarse a mi mesa y comenzamos a hablar de libros. No recuerdo muy bien de qué iba el acto, sé que acabó y desaparecieron todos, menos Carlos que se ofreció a acompañarme a casa; el trayecto lo hicimos despacio, deteniéndonos sobre la literatura francesa: él me habló de la conversión de Paul Claudel, yo de la tenacidad de Marguerite Yourcenar.

         También le confesé mis ambiciones, atareada estaba con el libro de poemas Poesía sociable, con las novelas El rumor y Marcel y con la obra de teatro Por fin Antígona, también trabajaba en el guion El tímido durmiente y en una novela infantil titulada Landa y el País de la Sencillez. Lo llevaba todo para adelante, a la vez. Me había dispuesto ser una gran escritora y no podía perder tiempo. En mi barrio, en Málaga, había algo más extraño que ser lesbiana y eso era querer dedicarse a la literatura.

         Yo tenía fuerzas, mucha fuerza y pocos apoyos. Carlos Clementson me habló de Ronsard, de los miles de versos que estaba traduciendo. De todos mis proyectos el que más le atrajo fue el de Antígona, le pareció deslumbrante. Le quité importancia, le dije que era una relectura del personaje a la manera en que las feministas estábamos deconstruyendo el Olimpo y sus periferias.

         Se paró bajo una farola y muy seriamente me señaló las zonas de la ciudad que podrían ser peligrosas para una extranjera. Recuerdo que sonreí tiernamente y tomé nota de sus consejos. Hablamos de Dios y de toros. No le gustaba que mi novela Marcel tuviera un protagonista con nombre francés. Intenté explicarle el motivo de mi elección, pero no lo convencí.

         La ciudad tenía la oscuridad y el silencio de alguien que no se exige existir.

         Seguimos caminando, de nuevo se paró, y apartando la mirada me dio las gracias por hablarle. Me sentí extrañada. Quiso decir por hablarle de igual a igual.

         Desde entonces soy amiga de Carlos, de su mujer Maribel y de sus hijos Carlitos y Alonso, también de su primo Miguel Carlos. Siempre me han tratado con amabilidad, yo me sentía cómoda con el sentido estricto que ellos tienen de la discreción y con esa falta de vanidad que los caracteriza.

         Seguí con mi labor sobreponiéndome a los malos oleajes que conlleva toda creación. Carlos me decía que es natural que un torero quiera ser el primero en el escalafón; nunca criticó mis ambiciones. Le hablé de Bajtin y Derrida y le gustaron como a los gatos les gusta jugar con fruslerías.

         Fue él el que me presentó a Ginés Liébana y entonces llegó la risa absoluta. Ginés hablaba de Trascendencia Sánchez, de esos poetas engolados que se toman demasiado en serio su quehacer y, de vez en cuando, lanzaba una verdad jocosa: “El pensador es un fresco”, por ejemplo.

         Acabé mis obras y no se las enseñé, nunca me ha gustado dar la lata con las palabras. Mientras tanto seguimos hablando de Louise Labé, de Sophia de Mello o del Nihil Sibi de Miguel Torga. Pero nada tenía excesiva importancia, me decía que no me convenía leer a Racine como el que te aconseja en un restaurante que no te pidas la lubina. Yo le pedía a Ginés que pintara angelitas y a Carlos no le solía llevar la contraria en sus convicciones, me parecía de mal gusto, sobre todo porque ninguna de sus convicciones eran absolutas.

         Al llegar a mi portal, aquella noche, me dijo algo que sí mostraba cierta seguridad balbuciente como está bien visto decir la seguridad en Inglaterra: “Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya/ porque la vida es larga y el arte es un juguete./ Y si la vida es corta/ y no llega el mar a tu galera,/ aguarda sin partir y siempre espera,/ que el arte es largo y, además, no importa.

         Han pasado muchas cosas desde aquella noche: he visto la ciudad cada día hacerse más bella, he trabajado en todos los distritos como animadora sociocultural. He visto mi obra publicada y hoy me conozco Córdoba como la palma de mi mano; puedo decir que ya estoy preparada para recibir las buenas visitas.

         En fin, quiero dedicarle este poema a mi amigo Carlos Clementson, que hace unos meses lo tengo dejado. Y aprovecho para decir que la poesía será dialógica o no será, será humilde o no será. Y es que ya lo apuntaba Barthes, llega una edad en que una no teme al ridículo ni a la ternura. Si no lo dijo así, debería haberlo dicho.

         Este poema lo escribí mientras estábamos tomando una copa mi mujer y yo en el Reina Cristina de Algeciras, hotel sabroso, lleno de historias y de visitantes ilustres. Mi mujer, que ya ha dejado de decirme aquello que me ha hecho tanto bien en mi vida literaria: “Salvi, por favor, no hables con mayúsculas.”

Este poema fue publicado en la revista Cuadernos de Matemático nª 47 en Diciembre de 2011. El poema se llama:

                            ENTRE FANTASMILLAS


Ava Gardner pasea por los jardines del Reina Cristina,
se apoya en la balaustrada,
contempla las adelfas que pespuntean el puerto.
De Gaulle la mira de reojo,
Juan Belmonte imagina capotes leves,
Orson Welles piensa que ese torero es un mamarracho
y a Don Juan Carlos, rey de España, le gustaría darle un pellizco a la dama.
Un pellizco, señores, algo tan español, un pellizco de nada.
Y Doña Sofia, sonriente, lo permite.

Rock Hudson, que conoce a la diva,
que reconoce el trabajo entre compañeros de oficio,
le da un cigarrillo de colores de esos que inventó Onassis
y le ofrece su protectorado.

Algeciras, Algeciras.
¡Oh, vestida de verde y templanza!
¡Oh, Algeciras!
¡Oh, Algeciras!

Ava y Rock van a la Biblioteca,
se cruzan con un joven periodista
escondido entre las hortensias,
se llama Wiston Curchill y tartamudea.

Raudo se acerca un camarero.
-Señores, ¿no saben que aquí está prohibido fumar?
Rock Hudson le mete un billete limpio en el chaleco
y siguen su camino cadencioso como cisnes blancos,
como cisnes negros.
Churchill se conforma con haber visto la belleza,
es demasiado tímido para tratar con gigantes.
Prefiere, excitado por el encuentro, nadar en la piscina
donde antes ha nadado Ava.

En la Biblioteca, mientras tanto, se escucha la voz
de la actriz que no quería ser actriz
recitando El color y la forma del poeta Carlos Clementson
en una edición de papel tibio como los consejos de la “Iniciación a la vida”,
una edición que mandó hacer Sir Alexander Henderson
cuando se enteró de que el profesor
era de ascendencia inglesa
y de que algunas veces firmaba con el sobrenombre de Beck,
con casi un monosílabo
porque Carlos es así: hombre de muchas letras y pocas florituras.

Algeciras, Algeciras.
¡Oh, Algeciras!
Repleta de fantasmillas,
cosmopolita Algeciras
donde los toros verdes
están cercados por las cuerdas
de Paco de Lucía.

Algeciras. ¡Qué luz! ¡Qué luz!

En los pasadizos de almas expectantes
vienen las almas de la gente alegre
a buscar la vida para amar a mansalva
y mientras Lorca toca el piano
Conan Doyle musita verso por verso
El color y la forma de Sir Charles Clementson,
inglés y protestante,
protestante e inglés
aunque viva en perpetuo socorro.


Escaleras del Hotel Reina Cristina. Algeciras






domingo, 24 de abril de 2016

KOKO

       

         Me gustan las historias ambiciosas construidas por mujeres sin miedo. Ana Belén Ramos ha conquistado el mundo y nos lo ha traído como una manzana lindamente natural para que lo degustemos.

Koko es una novela infantil para todos los lectores, yo desde aquí quiero regalarle una rosa roja y decir que es un libro buenísimo porque ella habla del País de los Grandes Sueños, sueños que no son para una sola, sueños que llegan mucho más lejos que las pesadillas; todos sabemos que las pesadillas tienen las patas muy cortas y que con la amistad podemos vencerlas.

       Hoy en día "nadie tiene ya grandes sueños, sólo pequeñas aspiraciones, deseos triviales." Hoy más que nunca hay que ser tiernamente utópicos.  


No quiero comparar a Ana Belén Ramos con nadie, porque es incomparable su bella novela con cualquier otra aunque hay ejes conocidos, y relecturas y eso que se llama intertextualidad, que aquí son guiños referenciales para que no perdamos el norte. Pero aún así todo es nuevo en su escritura, como una fresca granizada.

Así que esta historia de una niña rara, que pierde su colita y sale en su búsqueda, es un viaje hermoso por el mal y el bien.

Porque el mal existe y hay a quienes les gusta dar lecciones morales haciendo sufrir. Eso es un gran error, y los niños y las niñas deben saber defenderse frente a los malacaras que provocan el pavor, la contaminación y las ciudades sin ventanas, ciudades donde se pasan por el forro la idea de ciudadanía, con lo importante que es ese concepto para respirar como humanos.

Esta mañana de resaca después de tanto Cervantes me voy  a ir a plantar una semilla para que la realidad crezca bella alejada de aditivos, colorantes y otras basuras. Esta mañana les sugiero que pasen por la Feria del Libro de Córdoba y compren KOKO porque el Quijote ya lo tenemos casi todos en nuestras casas. Esta mañana es la hora de que la gran fantasía ecológica de la inteligente Ana Belén Ramos anide en nuestro acervo cultural y salgamos de la desidia de la Gran-Gran Crisis.

¡Ah! Y una cosa que no quiero olvidar: tengo el honor de que Ana Belén Ramos sea mi amiga y no es por eso por lo que hago una buena crítica sino porque su libro es cautivador y amarillo chillón. Felicito de paso a la ilustradora María González.

¡A leer y a salir del letargo de los deseos minúsculos! Algo maravilloso está a punto de ocurrir


Koko se puede encontrar en cualquier librería.






domingo, 17 de abril de 2016

Canal



               Podría escribir un artículo intelectualísimo sobre la obra de Javier Fernández: Canal, y ponerlo en relación con la bondad de Albert Camus y de Juan de Mairena, podría decir mil cosas sobre la perfección del poemario, sobre cómo está medido y remedido hasta alcanzar a mostrarnos que la belleza se cuela incluso entre los actos trágicos. Podría decir y decir, pero sólo lograría la nada. Javier Fernández se merece más que eso. Javier se merece la sencillez.

         Tengo que decir que he llorado con el poemario, que comprendí, por fin, lo que el escritor francés Stendhal decía sobre que su idea del estilo es el Código Civil; también podría compararlo con la objetividad de Clarice Lispector y lanzar grandes parrafadas sobre la eficacia verbal, también podría añadir algo sobre el sufrimiento en Simone Weil o la constante búsqueda de las fuentes en Derrida. Podría decir lo que dijo Marcel Raymond, en De Baudelaire al surrealismmo, a propósito de Valéry, y dijo que Valéry era un poeta hiperconsciente, un místico de una extraña especie. Y ya para culminar podría hacer una lectura comparada de Fragmentos del Narciso del propio Valéry y compararlo con la acción suprema del dolor: abrirse en canal.

         Pero es que he llorado con el poemario, desde el principio hasta el final, desde la dedicatoria al colofón. He llorado con esa delicadeza de libro donde las metáforas han desaparecido (sólo hay una), donde la confusión de la raíz de la palabra ha dado paso a un relato poético del sentir, de la pureza de sentir porque un hermano se te ha ahogado en el canal del Guadalmellato el 5 de Marzo de 1975, en Córdoba, y ese hecho desequilibra toda la vida.

         Las metáforas son un arma de quince mil filos y Javier Fernández ha querido limpiarnos de confusión y nos ha trasladado al sosiego del decir sin malabarismos. Los hechos, llanamente los hechos, y nada más, sólo los hechos objetivos pueden tranquilizar al doliente.

         Quisiera decir muchas más cosas, interesantes teorías sobre la expresión de la pena en los hombres, el arduo trabajo de llorar, pero creo que todo eso estaría de más porque lo verdaderamente cierto es que Canal debe de leerse, llanamente eso, leerse. Hay libros que una no debe dejar escapar si quiere encontrar la verdad del silencio, la paz de la hiperconsciencia.


Se presenta en la Feria del Libro de Córdoba el 22 de Abril de 2016 a las 20:00 en el Boulevar del Libro.








domingo, 10 de abril de 2016

Madre



¿O eran los otros los que no me aceptaban? Porque al principio toda caricia era natural procediese de donde procediese. Natural como el libro de mi querido Emilio Prados Río natural.

Así que un maestro llamó a mi madre para decirle que yo me creía alguien y ella le contestó que es que yo era alguien. También me decían marimacho porque montaba en bicicleta y me recorría toda Campanillas como si fuera un cohete. Viendo que nos teníamos que defender como fuera, mi madre cogió el bolso y nos fuimos a Málaga capital y nos dirigimos directamente a la librería Ibérica que estaba en calle Nueva y, resuelta, mi madre me dijo que escogiera el libro que yo quisiera.

Anduve entre las estanterías un buen rato, mientras mi madre conversaba con la dependienta, que se hizo muy amiga nuestra y sabía de mis gusto por la colección de Historias Selección de Bruguera, y sabía que me había leído ya Mujercitas de Louisa May Alcott y que no tragaba a Santa Teresa. Anduve y anduve hasta que un título me llamó la atención: En busca del tiempo perdido. Y es que yo consideraba que estaba perdiendo el tiempo en la escuela, en la vida. Mi madre le preguntó a la dependienta si era bueno y ella le dijo que sí, pero que no tenía ningún dibujo y, al fin y al cabo, yo tenía doce años. “Pero es que mi hija es como una bombilla, ella tiene su luz y nadie le puede ni quitar ni poner watios porque si no se para y no quiere seguir funcionando. Conque nos lo llevamos.”

Así fue como cayó en mis manos la solución para todas mis heridas y encontré a gente fascinante con la que quería relacionarme, gente exquisita y gente cruel, también, pero que utilizaba la palabra hasta unos límites que yo no podía ni imaginar. Y decidí convertirme en un personaje de Proust, también empecé a comer mejor, sobre todo bollería, concretamente magdalenas.

Y nuestra tarea era inmensa, mi madre colaboró para construirme una personalidad con la que pudiera nadar sin ahogarme: me hizo trajes del siglo XVIII, deliciosos chalecos y camisas con chorreras y vestidos de terciopelo; tenía que acostumbrarme a mi cuerpo y a mi destino, así que yo debía estar preparada elegantemente para el día en que me llegara la oportunidad de desarrollar mis cualidades.

Íbamos a las tiendas, observábamos los trajes, analizábamos los escaparates en domingo para que no tuviéramos la tentación de comprar y me hizo unos vaqueros con la tela de la ropa que trajo mi tío Pepe Jiménez del servicio militar, de la marina. Así que mi ser confuso se construyó cercano a la belleza y le sacaba los patrones de la revista de costura Burda y participamos en la construcción de mi vestuario y esperábamos, seguras, el día en que no le molestara a nadie tener una lesbiana tan sofisticada como yo en el barrio, pero ahora, claro, me había dado los instrumentos para saberme defender.

Así que empecé a escribir sin parar y le leía todo lo que hacía a mi madre mientras ella cosía prendas de seda o villelita, con lazos y botones singulares. Y mi hermano aprendió a planchar con mi abuelo Paco el sastre, el padre de mi padre, y mi prima Pepi Díaz le ayudó a hacer una capa con forro escarlata y hacíamos pases de modelos en el salón de mi casa. Y escribí una obra de teatro en la que todos eran protagonistas, en la que no había nadie secundario.


         Y esa costumbre sigue en nuestro ser, hoy me ha mandado mi madre un mensaje desde Lloré de Más, que ha ido con el Inserso, en la hermosa Cataluña, y me ha dicho que me está haciendo una rebeca en tres tonos diferentes de fucsia con adornos en blanco, como la inocencia de las niñas que sufren todavía en los colegios por ser diferentes.


Agustina López Díaz con su hija.






domingo, 3 de abril de 2016

Religión



             Mi tía Paca era monja, hermana de la orden San Vicente de Paul, y venía a vernos cada cuatro años, eso fue al final, porque estuvo mucho tiempo sin venir ocupada como estaba en sus misiones, allá en México.

         Mi familia no ha sido nunca especialmente religiosa ni hemos creído fervientemente en santos, nos acompaña un escepticismo que yo siempre he considerado muy sano, pero cuando ella venía la acompañábamos a misa y nos vestíamos de domingo y teníamos la esperanza de que nadie le dijera que no éramos asiduos de la iglesia.

         Lo que me gustaba de ella era su acento mejicano y cómo contaba las historias, tenía ese rasgo común a todos nosotros de divertir al público a través de la palabra. Cada vez que narraba una anécdota hacia una reverencia como si fuera una actriz y hubiera actuado para el respetable público.

         Le encantaba  McDonald´s  y atravesó toda América para ir a recoger unas ambulancias a Canadá, ella decía que llevaba alfileres en los bolsillos para defenderse. Engañó a su padre y le hizo firmar unos papeles en blanco que eran la autorización para meterse en la orden. Nos mandaba recortes de periódico donde salía junto a gente importante en México y nos enseñó lo que era el desodorante en roll-on, los secadores de pelo para hacerte bucles y la ópera. Ella fue la que me dijo que no sólo se podía escuchar a Manolo Escobar y me regaló Carmen de Bizet.

         Con ella descubrí lo hermoso que es el Libro de las horas y algunas veces rezabamos juntos el rosario para que no se metiera sola en su cuarto a hablar como las locas. Siempre que rezábamos, mi hermano, que ha sido siempre hombre práctico, se quedaba dormido. 

                  Cuando voy a la Mezquita de Córdoba a escuchar misa, porque me pide el cuerpo un poquitín, sólo un poquitín, de misticismo y de hostia, me acuerdo de ella, del día en que fui a Málaga a acompañarla a la Iglesia Stella Maris, que está en la Alameda Principal, y el cura empezó un discurso ofensivo, tajante y obcecado sobre como los afeminados no entrarán en el reino de los cielos. Al salir del templo me caí escaleras abajo porque no podía yo con el peso de mi lesbianismo y el delirio de mi ocultamiento. Estaba claro: yo no me aceptaba a mí misma como lesbiana.

         Mi tía era divertidísima, fue otra de nuestra estirpe que se fue sin avisar y regresó cuando menos se la esperaba. Su habla mejicana ha hecho que yo me lea a todo Octavio Paz, Juan Rulfo, Sor Juana Inés de la Cruz y Elena Garro. Con ella aprendí que los seres humanos tenemos mil caras y cada una de ella está poblada de pequeños detalles. Gracias a ella nos hemos reído sin parar, sus representaciones eran impagables y siempre mostró una rebeldía digna de una adolescente. No comprendía a las monjas contemplativas y su voluntad era siempre hacer, hacer y hacer. Quiso llevarme con ella para que estudiara medicina en Estados Unidos y, afortunadamente, mi padre, que también se quedaba dormido en cuanto tenía un problema, le dijo entre sueños que  no.

         Hoy la recuerdo con cariño, la veo tomando una copita de vino después de que mi hermano insistiera mucho para convencerla, la veo amasando con nosotras para hacer borrachuelos, la veo junto a su madre, mi bisabuela Josefa Teodora de la Santísima Trinidad; la veo discutiendo con mi abuela Aurora, cuando le pedía que perdonara a su marido del que estaba separada, y mi abuela le contestaba que ella no sabía de hombres, la veo sorprendida cuando mi hermano, después de haberle servido el Málaga Virgen y habérselo bebido, le decía que iba a llamar a su superiora y le iba a decir que en el barrio de Campanillas había una monja borrachilla.


Sor Emilia Díaz Morales era su nombre profesional, pero nosotros le llamábamos simplemente Tita Paca