domingo, 28 de agosto de 2016

La vuelta



         Somos un pueblo que no sabe hablar, nunca la rudeza de un dictador afectó tanto a los actos lingüísticos como en España. Una entonación que nos domina como una ola de severidad o un silencio que nos sumerge en nuestras más tristes raíces. Debemos escoger las palabras que nos mejoren para así cabalgar sobre ellas con desparpajo. El bello arte de la política lo requiere. Sí, la política es bella si es honesta y es eso lo que tenemos que buscar: la belleza. Y no desesperemos porque el camino aparezca enredado, hay que seguir la marcha que nos lleve hasta el futuro más respetuoso. No al que nos abra de par en par como buey en canal, convertidos todos en unos irracionales que alaban a quien nos ha proporcionado la mudez.

         Hay que romper a hablar y nombrar las cosas bellas: la capacidad de reciclaje, las enseñanzas de los animales, la tranquilidad de la lectura, la decisión inequívoca de no encender la televisión para ver esos realities que son pornografía pura. La decisión inequívoca de exigir derechos de calidad, no derechos desechables como la comida elaborada entre el minimalismo y la artificiosidad. Hay que enfadarse cuando los tonos seductores intentan llevarte al redil. Hay que tomar el fresco de la calle cuando los discursos nos apolillan y se aprovechan de la bondad.

¿Quién nos ha traído la desvergüenza? Eso deberían preguntarse nuestros representantes en el congreso. Yo sólo veo una causa: la intención de mantener a la población en una pseudociudadanía que nos infantiliza en el peor sentido. ¿Quién quiso hacernos estúpidos? ¿Quién ha abonado la idiotez? Se ha promocionado el grito en vez de la constructiva filosofía de Cristina de Pizan. Se alza la voz para llevar la razón como si nos moviéramos en un mar de infinitas resacas, ¡qué cansancio! Pero, ojo, no debemos sucumbir a ese arma, aparentemente inocua, de la fatiga. 

Después están aquellos que quieren escuchar lo que su mente tiene como principio moral, es decir, ahogar la diversidad, para parecer contentos en el paraíso de la tradición; y la diversidad misma se baña en un río de múltiples trampas, que son como teleseries azucaradas y azucaradas por el prestigio de lo “normal”. Hay que tener cuidado, saber nadar en el río proceloso de lo aparentemente correcto para no caer en ningún remolino que nos confunda. No hacerles el juego.

A todas esas cosas debe enfrentarse la oradora si tiene la suerte de tomar el turno de palabra en el hemiciclo, y a las bromas, que siguen de moda aunque estemos a estas alturas de siglo XXI. Pero no olvidemos que esas bromas, de baja intelectualidad, sólo están al alcance de los que hacen de las ciencias políticas un derrame de ego, ellos mismo se definen y rompen la barrera de su traje, sea cual sea, para retratarse como unos ingratos.

Pues bien, así y todo, hay que romper a hablar, sin rendirnos, porque cada ser guarda en su corazón la ingenua versión de sus comienzos, esa es la fuente. Es feo ver a un hombre sin sentimientos, no es vergonzoso ver a un hombre llorar. Yo admiro a los hombres llorantes. Admiro a los hombres que a estas alturas del diluvio siguen creyendo que la política es un arte noble, y a las mujeres que participan en ella sin tener en cuenta todos los comentarios que hay aludiendo no a su decir sino a sus vestidos. Es evidente, debemos despejarnos ya de las viejas costumbres que nos incitan a seguir ocultando nuestra voz. La educación es la única salida. La educación sin pausas ni concesiones. Y andar por la calle cogidas de la mano, erguidas y orgullosas, con sororidad, como enseña el feminismo. Hemos llegado a la edad de la presbicia, tal vez eso sea un signo de que ya no tenemos que leer tanto, sobre todo lo que académicamente se nos propone o lo que publicitariamente nos eligen, y debemos confiar en poner de manifiesto nuestras querencias, que a esta altura de la historia no se pueden perder otra vez en el anonimato; hablar sin concesiones, educar sin concesiones y, por supuesto, emborracharnos de libertad sin descanso. 



Mi amigo Teo representando la obra de Eurípides Las Troyanas







domingo, 19 de junio de 2016

Cómo nos hablamos



           Entre el remolino y la muerte tiene que haber un punto intermedio, un momento en que dejemos de pisarnos, en que la voluntad de ser humanos sea nuestro gran desafío. Hoy estoy cabreada porque he perdido un libro, me durará poco, el tiempo justo de encontrar una amiga y tomarme una cerveza, el momento en que pase de ese saber que hemos llenado de supremacía y que alcanzamos en la soledad a ese otro aprendizaje que se da en la calle y en el instante en que hemos  decidido sacudirnos el tedio. No hay que hacer de menos ese saber callejero, que se da en las olas del habla y que nos lleva y nos trae y que, de pronto, decidimos deshacernos de teorías para brindar por la amistad.

         ¿Por qué no brindan ellos?, ¿por qué quieren que llamemos belleza a lo que no tiene belleza?, ¿por qué salpicamos de alzamientos de voz nuestros diálogos o de ironía que raja como una medusa? Nuestros políticos, ellos, saben lo que están haciendo: llevarnos de la jarana de autovías y aeropuertos a una música mansa, pesada y aburrida. Ya han pactado, todos han decidido aletargarnos, llenar nuestros oídos con la anestesia de la no-sinceridad.

         Y eso pasa por no querer mirarnos en el espejo y reconocer, objetivamente, nuestras faltas; somos muy modernos, se quiere construir sobre cimientos de gelatina antes de otorgar una mirada de verdad a nuestro pasado. No doblamos el codo, parecemos muñequitos tiesos, gente que quiere crecer sin errores. Hemos crecido mucho, sí, nuestras playas están invadidas, nuestros corazones se vuelcan en la autoayuda o en la apariencia de lectura que nos han acomodado para que no nos esforcemos. Para no pensar.

         Y todo por no mirarnos en un espejo, por no hacer autocrítica, así vamos hacia adelante, siguiendo la imparable línea del progreso sin querer conocer seriamente lo que de verdad somos: pobres hombres y mujeres, hambrientos seres que un día quisimos complacer, y para complacer creímos que lo mejor era TENER antes que agrandar nuestro corazón con amor.

         Nos falta cariño, esta democracia está necesitada de que aprendamos a abordar tranquilamente nuestra eterna adolescencia. Lo de las corbatas, que se las pongan o no, es un hecho ya insignificante mientras no sepamos dirigirnos al otro con el respeto de la inteligencia, con la delicadeza de un tono que lleve a la construcción de algo que no sea un rascacielos o una urbanización perdida, algo así como la paz de un jardín donde crezcan las buenas intenciones y los espejillos nocturnos de las luciérnagas.

            No nos engañemos, ya han pactado. Mantienen un pacto tácito y ancestral: hablar sólo 26 segundos sobre violencia machista.



Speculum









domingo, 12 de junio de 2016

A la pintora



         Estaba haciendo una ensalada de naranja y bacalao, con patatas y aceitunas, y con un poquito de cebollino, también le eché aceite de oliva, cuando me acordé de mi amiga Cristina Cañamero, pintora ella. Entonces decidí ir a verla a la Biblioteca Central de Córdoba donde está dibujando personajes fantásticos en sus paredes blancas.

         Y me la encontré allí, con su mirada de náufraga volcada sobre su creación impactante y a la vez serena. Ella, que es pequeña como una niña y que se sabe canciones de memoria y que nos las dice en la noche cuando, alguna vez, se escapa de su trabajo.

         Cristina es laboriosa y se merece todo lo bueno que le pase, tiene un sentido de la perfección y del deber que le hace parecer una joven asceta y su cuerpo acoge todas las líneas del mundo. Yo la admiro.

Ella y su sentido de la proporcionalidad, el vigor de las figuras, es un espectáculo verla dibujar, es una suerte su risa. Y es una suerte que se dignara ilustrar mi cuento Landa y el País de la Sencillez.


         Y quiero nombrarla, dar prueba de mi confianza en ella y de mi respeto por su trabajo, que espero que se reconozca con una fiesta digna de su genio. Brindamos por Cristina mientras buscábamos el sosiego, y prometimos, que nadie nos desviaría de nuestro empeño por no salirnos nunca del campo de los matices, porque eso es lo verdaderamente humano, esa es la fuente.

Cristina Cañamero


Con mi amiga









domingo, 5 de junio de 2016

Lisboa



           Creo que todos los españoles deberíamos ir, por lo menos una vez, a Lisboa, para curarnos de nuestra entonación bronca y de nuestra soberbia. Y tendríamos que detenernos en la Plaza del Comercio y visitar el mirador de San Pedro Alcántara y pasear por su exquisita feria del libro, en el parque Eduardo VII,  desde donde se ve caer la tarde como si el horizonte tuviera la voz de Ana Moura.

         La luz de Lisboa nace en los poema de Sophia de Mello Breyner y no podemos estar más de acuerdo con ella cuando dice: “Conheço todo à força de nâo ser.” Esa es mi voluntad: no ser de nadie, no ser de un país, no ser estricta y tajante, ser vecina de Portugal, admirar el tono de sus palabras envueltas en Atlántico y humildad.

         Todos nuestros estudiantes deberían conocer lo que significa ser muchos en uno como lo demostró Pessoa con sus escritos. Todos deberíamos saber llorar en portugués porque allí las lágrimas son más razonables, y todos deberíamos comprender que lo que une a las gentes no son las líneas de alta velocidad sino la voluntad de hablarnos lentamente y gesticular lo necesario para asomarnos al balcón del otro. Y en los colegios, mientras tanto, me gustaría que se leyera la obra de Unamuno Por tierras de Portugal y de España.

         Estoy convencida de que tomar vinho verde mientras se leen los sonetos de Florbela Espanca cura el alma y la llena de suavidad. Creo que los médicos de aquí deberían intentar parecerse a Miguel Torga, o al recuerdo de Fernando Namora, o al recuerdo de la delicadeza de Filipa de Coímbra y su saber buscarse su lugar entre la libertad y la contemplación.

         Todos los españoles deberíamos tener un amigo o una amiga en Portugal y cartearnos como se hacía antes, con sello y papel, y gozar de la amistad como se goza del viento cuando te acaricia lleno de azul y de la voz del fadista António Zambujo.

         Vayamos a aprender humanidad a Lisboa, vayamos con respeto a visitar sus saberes, y dejemos que la musicalidad de su lengua nos bañe y nos llene de amor por el decir bajito, sin voces, ahora que tanto lo necesitamos.




Aprendiendo en Lisboa






domingo, 29 de mayo de 2016

Lágrimas




                Cuando mis primos Paquito Eduardo, Pepe Tony, Carlos Manuel y Ángelo Moisés venían a casa, mi hermano Antonio Miguel acababa llorando, era como ese personaje de Laura Esquivel en Como agua para chocolate que no diferenciaba las lágrimas de la risa de las del llanto.

         Los hijos de mi tío Día eran seres libres y originalísimos, yo los envidiaba secretamente porque iban solos al río, jugaban con los animales, tallaban pipas de caña y ejercían como pastores. A mí me parecía que esa era la mejor profesión del mundo: estar tendida en la yerba mientras veía  las cabras comer. Siempre me ha gustado la novela pastoril, las Églogas de Garcilaso y Heidi. Lo que no comprendía bien es eso de la oveja descarriada y que dejas al resto del rebaño para que no se despeñe la rebelde, la verdad es que hay muchas cosas de la Biblia que no comprendo, a veces me parece un libro altisonante, y tampoco me gustan las gentes que se empecinan en leer un solo libro en su vida, en la variedad está el gusto, ¿no?

         No hay que tomarse los libros demasiado en serio, por eso todo el mundo debería tener derecho a construirse su propia biblioteca, en muchos libros caben muchas ideas en un solo libro cabe la sinrazón. Dice Edward W. Said que un intelectual debe suscitar perplejidad, yo creo que, además, lo que debe es provocar la risa tierna. A los escritores no debería preocuparnos hacer monerías y cucamonas, y deberíamos olvidarnos de ser todo el rato como James Joyce por lo menos, formalmente autoritarios, como si estuviéramos entretenidos en escribir la Biblia.

         Recuerdo el día que llegó mi primo Paquito Eduardo y le pidió a mi madre que fuera con él a Málaga, a La casa de la música, porque se quería comprar una batería, mi madre hizo de avalista, yo fui con ella, aquella noche fue emocionantísima, después mi primo Ángelo Moisés se compró un saxofón. Ellos nos enseñaron lo que era la alegría de ser autodidactas. Nada resultaba una frontera en nuestras aspiraciones, todo el arte estaba allí para entretenerse, para tener la cabeza ocupada con la bondad del arte porque sí. Era el disfrute por el disfrute, el hacer por el gusto de hacer acompañados: Yo tocaba la flauta de mentirijilla, tenía tan mal oído que hice el primer play back que se recuerda en la historia de Campanillas, allá cuando se organizó la primera fiesta fin de curso en el colegio recién estrenado. Eso si que era una novedad: tener una fiesta fin de curso, ¡menos mal que llegaron los maestros nuevos!


         Para mí la compañía es la razón del arte, el disfrute de los titiriteros, de los payasos, el disfrute, como cuando te bañas en la playa y juegas con las olas y existe el acuerdo, tácito, de pasarlo bien entre todos y todas. Si no es así, el juego no tiene sentido y, entonces, entran ganas de llorar de verdad.





Aquí les dejo a





domingo, 22 de mayo de 2016

La feria



         Hay una idea de Simone Weil en sus Escritos de Londres que me encanta, y dice así: “Desde la más tierna infancia y hasta la tumba hay, en el fondo del corazón de todo ser humano, algo que, a pesar de toda la experiencia de los crímenes cometidos, sufridos y observados, espera invenciblemente que se le haga el bien y no el mal. Ante todo es eso lo que es sagrado en cualquier ser humano.”

         Cuando leo esto pienso en el peso de las palabras, en los significados secretos y sociales de las palabras, en que ninguna palabra está libre del dolor y de la fiesta, y pienso en la intención con la que pronunciamos esas palabras, en el motor del sentimiento. Y camino, entonces, por la ciudad, evitando las tiendas que quieren ser discotecas y ponen la música altísima mientras nos acaricia el aire acondicionado como si fuéramos animales instintivos.

         Deseo muchas cosas que no están en esas tiendas, y lo que más deseo es no equivocarme mientras nombro el mundo, pero así y todo, teniendo un deseo tan grande de perfección, a veces me he equivocado;  y espero entonces que sean benevolentes conmigo y deseo ser benevolente con los otros. Y entre todos los deseo aparece el del sosiego, y huelo a sal atlántica y veo a Pessoa debatiéndose con la idea sinfónica de la personalidad, y escucho las palabras gruesas de los políticos, como si pintaran con brocha gorda, sin darse cuenta de que estamos preparadas para captar las sutiles obras hechas con pinceles finos.

         Pienso en la inmadurez, que es quizás, el mayor de los males en los que estamos envueltas, en esa ansia por hacernos no merecedoras del futuro, en la falta de respeto ante nuestras decisiones y esa necesidad de imposición de la que no se cansan los impositivos. Pienso en las noches de feria, cuando titilan las luces y las guirnaldas se mecen, cuando los farolillos bailan colgados en las casetas, cuando parece que todo está a punto de salir bien. Y recuerdo cómo bailaban mi padre y mi madre, juntos, sin pisarse. Pienso en todo el mundo que intenta hacer bien su trabajo, en toda la gente buena que nos rodea. En la necesidad de que se nombre a esa gente en vez de prestar tanto oído a la televisión vocinglera.


         Y huelo, huelo a ropa limpia, recién lavada, a las tardes en el valle, a las excursiones infantiles cuando aún creíamos en la pureza. Y deseo, con la mirada ebria, que todo el mundo sea feliz.