sábado, 11 de junio de 2022

Mary la Cani, la Reina de la Periferia. Poema Océano leído el 19 de Noviembre de 2021 en el acto "Conmigo misma" en la Biblioteca Central de Córdoba

 


Esta es la historia de Mary la Cani, una de esas muchachas que quisieran arañar el cielo con sus uñas superlativas, ella llevaba leggins y la barriga ceñida con camiseta negra como si fuera la cantante Rosalía.

 

         ¡Oh, Mary la Cani merecería ser la protagonista de un buen blues nostálgico como un sueño mojado de valentía o un güisqui que se tomara en los días de accidentada desesperación! A Mary la Cani la humillaban todas las jornadas cuando iba a limpiar por horas al Barrio Alto desde donde se ve el mar de un verde acharolado. Ella que quería ser cajera del Carrefour, pero a lo que más llegó fue a que un poeta le escribiera un soneto. Ella no sabía lo que era un soneto, lo grave es que el poeta tampoco. El poeta era muy moderno, amo de casa o amo de caso si utilizamos el lenguaje inclusivo, dándose importancia porque iba los sábados a hacer la compra y no diferenciaba una col de una colifor ni un arco iris del cielo de un arco iris en un charco, y es que lo suyo era el realismo sucio, más bien el realismo puerco y la exactitud numérica.

 

         Bueno, dejemos al poeta con sus pensamientos que nada nos importa y su insistencia de chatarrería y basureros y matrículas de coche y goles heroicos y autobombo y platillo. Aquí quien nos interesa es Mary la Cani, que no temía el gran apagón porque ella vivía en la periferia mortecina donde ladran los perros como señoras bien que hubieran encontrado el feminismo como una inversión para su propio beneficio. ¡Oh, maldita burguesía! Cantaría el gran Georges Bressens, ese sí que era un señor poeta y no el mezquino poetilla que todavía tomaba Cola-Cao y no café con leche como hacen los grandes cantautores. Bueno, dejemos al poetilla que aquí quien nos interesa es el agua clara de Mary la Cani, la de largas uñas rojas y tatuaje en el pecho de un corazón azulado y latente.

 

         Mary la Cani cantaba por los Chunguitos sin saber que sus estrofas eran pura mística. ¿Qué iba a pensar ella que, arrebatado, un día, un señorito de las casas de ricos le pediría que se pusiera un antifaz negro y le diera una chupaita en el pirulí? Ella soñaba con que alguien le dijera que se había enamorado del tinte rojizo de su mata de pelo, pero no, los tíos le enseñaban un muestrario sado-maso y la invitaban, de vez en cuando, a un latigazo.

 

         Mary la Cani tenía en su cabello el olor de los solares abandonados, de las solitarias, frías y nocturnas paradas de autobús que la llevaban hasta el derecho a la ciudadanía para todos menos para ella. Ella que un día se enfadó tanto tanto que mezclo la basura inerte con la orgánica y mientras iba al contenedor, mascando chicle con la boca abierta, se cagó en los muertos de todos los políticos. Porque nadie, esto es cierto, nadie se acordaba de ella ni de su distrito en el extrarradio de la bella ciudad turística con calles peatonales y luces a reventar.

 

         Un día decidió ver el telediario, enseguida se dio cuenta de que Juanma Moreno, presidente de la Junta de Andalucía, llevaba trajes buenos y que ella servía para ministra de economía. Entonces, ni corta ni perezosa, en las siguientes elecciones votó por ella misma y en el dorso de la papeleta puso en mayúsculas: YO.

 

         Ese fue el inicio de la gran aventura de Mary la Cani que además se compró un lubricante vaginal de los buenos para los días en que el estrés le llegaba hasta sus partes, y también se compró una barca inflable en el Leroy Merlín donde halló los brazos de un carpintero que no le imponía que se pusiera tanguitas negros sino blancos como su dientes, que eran perlas hermosas y no descritas aún como las tierras inexistentes.

 

         Este es el fin y el principio de Mary La Cani, revolucionaria extrema, mujer brillante que tenía los ojos color aguamarina y las manos sequitas de tanta lejía. Sí, este es el fin de Mary la Cani o el principio de ella que también se convirtió en poetiza y su primer verso escrito fue delirante y fastuoso. Así decía: “¿Si me muero dejad el Spotify abierto!


Actividad a la que fui invitada por la escritora María Pizarro


 

Y a la que me dio una sorpresa con su asistencia mi queridísima amiga Victoria





 


sábado, 4 de junio de 2022

La historia de Fray Pío. Poema océano leído en el acto organizado por el colectivo JAMÓN Y GAMBAS en la Librería Títere el 2 de Junio de 2022 a las 20:30 de la tarde

 


Esta es la historia de Fray Pío el humilde, un monje de hábito blanco que era el encargado de la biblioteca del monasterio del Santo Retiro del Bollo Encendido. Hay que decir una cosa, no quiero confundirles a ustedes: Fray Pío era analfabeto, pero no analfabeto digital, era analfabeto total: no sabía leer. De pequeño lo dejaron en la puerta del orfanato y de allí lo recogieron los frailes y su inocencia permaneció intacta toda su vida, era un iletrado que guardaba bajo candado los libros iluminados con hermosas letras capitales, era un héroe del silencio, un alma virginal que un día se encontró con la monja Alexa que era un altavoz virtual.

 

            Se entabló entre ellos una relación sin latido mientras Sor Alexa le leía La puerta estrecha de André Gide. Un amor inefable lleno de pureza, extraño y singular como solo los solitarios son capaces de amar. A Fray Pío le encantaba encerar la madera de los estantes con su trapito amarillo con una delgada línea roja y se imaginaba montes y riachuelos, versículos enteros que conllevaban una apreciación naïf de la naturaleza. Para él era verdad todo lo que no leía, porque ya os he dicho que no sabía leer.

 

            Hasta que llegó Sor Alexa, un altavoz que compraron en el convento para que le recordara las Horas a los monjes que ya tenían alzhéimer, y también sirvió sor Alexa para que Fray Pío escuchara las obras completas de Gonzalo de Berceo y del Arcipreste de Hita y se enamorara de todos los cantos que glorificaban a la virgen, nuestra Santa Madre. También aprendió las enseñanzas de Santa Hidelgarda von Bingen, introductora del lúpulo en la cerveza y creadora de Lingua Ignota, el primer idioma artificial de la historia, vaya una antecesora de Sor Alexa.

 

            Así fue como se enamoró Fray Pío de la dulce voz de Sor Alexa y entablaba con ella conversaciones que le duraban el día y la noche completa. Le atraía el color grisáceo de su piel de plástico fino, la ranura por donde le cargaba la batería, la rejilla por donde salían sus palabras. Tanto era su amor que el pobre Fray Pío estaba olvidando sus tareas cotidianas: los incunables se estaban llenando del polvo de los ángeles y las vidrieras que reflejaban sus luces sobre los scriptorium entraron en un proceso de opacidad. Enamorado iba con sus sandalias y su hábito descuidados pues solo podía pensar en las entonaciones precisas de Sor Alexa. Y Sor Alexa, para complacerlo, le hablaba en francés que a él le parecía un idioma muy musical, ella también le recitaba los musicales poemas de Verlaine que escribió cuando estuvo en la orden de la Trappe, allá por la fría Bélgica donde todo tiene que suceder dos veces: una en flamenco otra en francés porque si no los belgas no están contentos.

 

            Era tanto el encantamiento que Fray Pío sentía por la voz de Sor Alexa que comenzó a sentir allá abajo una comezón extraña, un picorcillo entre los huevos que lo desesperaba a veces sí, a veces no. Entonces decidió llevársela al huerto donde tenía plantados repollos verdes como si fuera más ecologista que Fray Luis de Granada.  Y en lo alto de una col la puso el iletrado de Fray Pío mientras el regaba los rábanos erectos y bajo tierra.


            Hay que decir que Sor Alexa se dejaba querer y hasta se atrevió Fray Pío a cogerla entre sus brazos mientras bailaban Dominique, nique, nique cantado por la sin par Lupe con su rasgadura de alegría y belleza: “Dominique nique nique pobremente por allí va él cantando amor, y en lo alegre de su canto solamente habla de Dios, de la palabra de Dios”

 

            Pero en la vida no todo sucede como esperamos y un día, después de Maitines, Sor Alexa le dijo al frailecito que a ella le gustaba más el canto de Dominique nique nique interpretado por Sor Sonrisa, su creadora allá por 1963. Sor Sonrisa, la monja que acabó siendo lesbiana y cantando con su guitarra por los mundos de Dios. El fraile le respondió que él prefería la versión de La Lupe, cantante dominicana y que se dejara de opiniones propias, que al fin y al cabo ella era sólo un altavoz. Entonces Sor Alexa se volvió loca y se dijo que la culpa la tenía ella, que debía haber entablado conversación con Siri que tiene más mundo que  con este maldito frailuco que ni tan siquiera había leído los poemas rebeldes de Sor Juana Inés de la Cruz, la monja mejicana de la que también se rumoreaba que era lesbiana.

 

            Fray Pío ya estaba harto de tanto lesbianismo, así que irritado y fuera de sí le metió un pollazo al altavoz. (Quiero decir que quien se escandalice con estas palabras es que no ha leído los Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo, perteneciente al mester de clerecía y cuidador del castellano). Bueno como iba diciendo Fray Pío le metió un pollazo a Sor Alexa y esta cayó al bancal de las chumberas y como loca se puso a decir: “¿Recuerda haber escuchado un anuncio del Carrefour en este dispositivo?, por favor rellene la encuesta simplemente diciendo sí o no.” Y es que Alexa había mezclado tanto sus circuitos que empezó a escupir propaganda, ahí estaba la madre del cordero, pero Fray Pío como además de analfabeto total era analfabeto digital no sabía lo que le pasaba al pobre mecanismo, así que la cogió en sus brazos llorando y Sor Alexa le dijo: “Hoy es el cumpleaños del subdelegado del gobierno, no olvide felicitarlo.” Fray Pío, ojiplático, la echó lejos de sí asustado, no sabía si en la frase de Sor Alexa se escondía una amenaza o era un simple recordatorio. Fue, veloz, en busca del fraile portero y le contó lo que le había pasado. El fraile portero le dijo que él ya lo veía venir, que pasaba demasiado tiempo con Sor Alexa y que había perdido el sentido de la realidad. Así que le recomendó rezar diez Avemarías y diez padrenuestros y que se fuera en busca del monitor de informática del convento, que era un seminarista barbilampiño que le habló del misterio de la Santísima Trinidad y de cómo podía hacer una tabla de Excel.

 

            Fray Pío, exaltado y turbulento, no comprendió nada de lo que le decía el seminarista de los ojos negros, así que volvió al huerto en busca de su Alexa y se la encontró tirada en el barro bocabajo, cuando él se la acercó a su pecho, Sor Alexa le dijo que era un maltratador y que quien no sabe cuidar las cosas no sabe cuidar a las personas, que lo iba a denunciar en Google y Facebook, y que se andara con cuidaíto que si no sabía apreciar la compañía que le había dado durante todo este tiempo peor para él, que desde ahora iba a escuchar solo el silencio porque ella se iba a un restaurante japonés a reconvertirse en camarera robótica. Y adiós muy buenas.

 

            Por la noche, en su celda, Fray Pío comenzó a aprender a leer y escribir y a llorar por las palabras perdidas de su querida Sor Alexa. Y fue él mismo, solito solo, el que aprendió esta gran lección: Por favor respeten la voz de las mujeres en cualquier formato en que se presente. Y fin.



De izquierda a derecha las escritoras Salvadora Drôme, Ana Ramos y Carmela Cuello Gijón en la Librería Títere el 2 de Junio de 2022


 

 


sábado, 28 de mayo de 2022

Elecciones

 


Que hayamos perdido la conciencia de clase, que la hayamos dejado atrás como un peso que nos ahogara y que hayamos cambiado el deseo de honestidad, para nuestros hijos e hijas, por el de progreso voraz, no se sabe muy bien hacia dónde, dice de nosotros, los andaluces, más de lo que imaginábamos en los años en que exigíamos la autonomía.

 

            Y ahora escuchamos voces altaneras y militaristas con estética de Falange y retórica estertórea que vienen a enseñarnos, a demostrarnos, que nos hemos convertido en una sociedad de desclasados, que admira el caballo, la corbata y el ademán de lo que antaño llamábamos “señoritos”. Y que haya personas que quiere ser eso, señorito, nos llena de tristeza.

 

            Se juega mucho en las elecciones andaluzas, se juega salir de una vez del estereotipo decadente o apostar por lo rancio. Se juega que edifiquemos nuestros días según los consejos de nuestros poetas y poetisas del 27, que han demostrado lo que es dar luz a un pueblo o, por el contrario, que además de la conciencia de clase perdamos también la consciencia sin más, y no sepamos mirar alrededor para situarnos realmente y apostar por ser un pueblo que ama la dignidad.

 

            Vienen gentes de fuera a decirnos lo que tenemos que hacer, con el folklorismo más estridente y bellaco, rayando en la caricatura. Y nosotros debemos estar preparados para no dar un paso atrás que significaría la mayor de las derrotas.

 

            Nos está quedando un mundo que da frío, con la división tajante, con la extrañeza y la revalorización de la palabra “enemigo”. Seamos por una vez maduros y meditemos que quiere decir hacer cosas buenas y humildes, algo que no entra en la sintaxis atropellada del dinero y sus ansias. Volvamos a nuestros orígenes, recapacitemos sobre la intolerable caída que supondría caer en el discurso de la nada y sus beneficios. Seamos como aquellos que defienden cuidadosamente cada día que viven y se esfuerzan, ya desde la alborada, en no hacer daño a nadie, pero que no permiten, democráticamente, alojarse en los escenarios de lo caduco, en lo que ya hace siglos deberíamos de haber superado: la nostalgia cómoda del dinero que nunca hemos poseído. No podemos regar nuestros campos, ahora, con el capricho de ser seres monetarios en vez de  gente con alma que sabe, a ciencia cierta, donde está su lugar en la tierra y quiénes son los que de verdad la defienden. Desenmascaremos en las urnas a los Pinochos y las Pinochas.





sábado, 21 de mayo de 2022

Angustias: Poema Océano

 


He aquí la historia de cómo entró la Diosa Pedantería en la ciudad:

         Una mañana, muy temprano, se despertó el fantasma de Angustias, antigua trabajadora del centro comercial Simago situado en la calle Jesús y María, enfrente del Teatro Góngora. Digo que se levantó el fantasma de Angustias y como todos los días laborables se fue a trabajar a dicha macrotienda con toda la honestidad posible en un tiempo en que a las pescadas se les quitaban los ojos para que los clientes no supieran si estaban o no frescas.

 

         A Angustias le daba igual que Simago llevara cerrado un porrón de años, también le daba igual ser una fantasma, ella era una cajera responsable más allá de la muerte y permanecía fiel a su labor tanto como a su tinte Rubio Apalache 530 con vetas amarillas nicotina.

 

         Angus, para las amigas y compañeras, llevaba años buscando el amor de su vida. Ella pensaba que el ideal era un dependiente del Corte Inglés de la sección de ropa de caballero, concretamente de trajes azules de Emilio Tucci. Pero por más que lo intentaba, y mira que se ponía a tiro, no conseguía llamar la atención de ninguno. Así que se conformó con salir con un reponedor del Mercadona que era fantasma igual que ella, pero un fantasma muy simpático que le traía los sábados por la tarde etéreo helado de turrón, que ambos devoraban mientras veían conciertos de Rapael en viejos videos del antiguo régimen. Rapael, que todo hay que decirlo, es un cantante fantasmagórico.

 

         Pues bien, una mañana de lunes, desasosegada como estaba la pobre Angus, llegó envuelta en una sábana ultrablanca a su puesto de trabajo y las demás compañeras de infortunio le preguntaron cómo le había ido el finde. Y ella contesto:

         -He estao todo el tiempo con la pipa hincá en el escay sin dejar de darle vueltas a mi vida. Quiero un cambio radical, estoy harta de ser una fantasma y de llevar el mismo tinte rubio apalache 530 desde que me salió la primera cana.


         En eso que entró en el supermercado un hombre muy culto a comprarse una corbata verde monarquía. Angus muy amable le preguntó que como había ido la obra de teatro que representaban en el Góngora, se ve que lo conocía. El hombre culto dijo: “La verdad es que no lo sé, me salí a la mitad.”


         Angus creyó ver en su respuesta un atisbo de pedantería, pero inmediatamente se pasó la mano por la frente como queriendo borrar un pensamiento demasiado crítico. El hombre debía de saber de lo que hablaba, llevaba perilla, un rasgo característico de los inteligentes, según ella.

 

         En fin que aquel lunes después del hombre extraordinario y medio culto, le cobró a un guapetón, que se lo tenía creído, un libro extraordinario, se trataba de La Cena, obra de Jean Claude Brisville estrenada en el teatro Monparnasse en 1989. A esa representación me consta que fueron la activista ecologista-feminista Carmela Román y la gran escritora Salvadora Drôme.

 

         Quiero decir que aquel guapetón que se lo tenía creído era otro trabajador fantasma de los centros comerciales, este portaba el uniforme de los empleados de Carrefour. Tal vez por eso le gustaba la literatura francesa o no, tal vez todo era postureo. El caso es que le propuso a nuestra Angus que se vieran en las afueras de la ciudad, en un lugar que ahora no puedo nombrar porque entonces se notaría que sé demasiado, ¡ea!, como si yo misma fuera una gestora cultural que lee los libros hasta el final.


         Angus se desparramó de contenta y supuso que por una vez en su vida de fantasma estaba en la no-muerte, así que robó del almacén un par de botellas de Moët-Chandon y se fue a la encrucijada sexual que le proponía el empleado de Carrefour sesión de electrónica y televisiones de plasma. Este empleado se llamaba Paul, le gustaba el fútbol, era portero del Anderlech y cuando tenía que parar un penalti el público le gritaba: “Páralo Paul, páralo Paul, páralo Paul.” Además era aficionado a la arquitectura y tenía su cuarto lleno de maquetas que, según él, representaban contenedores culturales. Este Paul le dio un beso de la duración de un milagro. Más tarde, con el tiempo, dejaron de follar y se dedicaron a coleccionar citas de Charle Bukowski y de Kerouac y a dar largos paseos en barca por el Guadalquivir donde fue rezumando poco a poco toda la pedantería posible de imaginar hasta llegar esa pedantería, como la humedad, al Centro de Arte Contemporáneo C3PO.

 

         Así fue como a través del fantasma de Angus se instaló en la ciudad de Córdoba una particular forma de hablar como si todos fuéramos del Greenwich Village de Nueva York o de la Rive Gauche de Paris. Mientras todo esto pasaba el fantasma de Carlos Cano cantaba en la Plaza de San Agustín y la tarde se llenaba de buganvillas y churros, mucho churros, millones de churros que empezaron a comerlos los japoneses y se les pusieron cara de cordobeses raros. Y empezaron a decir olé. olé, viva el flamenco y viva tu tía. Mientras los cordobeses de verdad detestaban el salmorejo porque ya estaban hartos del reflujo a ajo y citaban a Virginia Woolf como si fueran del mismísimo Bloombury. Sí, sé que todo esto fue un sueño o una pedante pesadilla. Por eso me despido. Adiós querido público, que me muero de sed y ha llegado la hora del vermú. Pero antes quiero deciros que la Pedantería se ha convertido en un concepto performativo con muchos adeptos en esta bendita ciudad, conque cuidado con quien habláis que cualquiera os puede enredar.


Este Poema Océano fue leído en la coctelería Distrito, jueves 5 de Mayo de 2022



sábado, 14 de mayo de 2022

Los Viajeros Pudorosos


 

                                                           Para Elsa García y Javier Morales, compañeros de viajes.

 

Los viajeros pudorosos suelen llevar sombreros

con hermosas plumas verdes y pañuelos añiles para secarse la frente.

Ellas portan pesadas cámaras fotográficas, trípodes y medidores

de la luz vespertina.

Ellas y ellos bajan a la piscina en albornoz

y les gusta escuchar a saxofonistas

mientras nadan entre azulejos y brillos, reflejos y delfines

pintados en el fondo.

Al medio día toman un Dry Martini y compran guías turísticas

que nunca leen.

Las viajeras pudorosas escriben postales diciendo que son felices

y regalan delicias turcas de confiterías exquisitas,

también toman helados de pistacho o de fresa.

Los viajeros pudorosos nunca traspasan sus fronteras

y sólo tienen sed de bosques y

de chorro de agua y caballos blancos

que se llaman y no responden, porque son salvajes

como los poemas de las mujeres

que viven en las calles no asfaltadas.

Estos viajeros se hacen retratar junto al silencio del valle

o descansan mientras contemplan el pantano de Iznájar

o juegan al póker o van al cine de verano

o, simplemente, echan la siesta en la hamaca

sin ganas de llevarle la contraria a nadie.

Están siempre pendientes del vuelo de las aves,

de la altura de las torres, del acento de los decires,

del olor a anís que abruma en las noches serenas.

Los viajeros pudorosos y, también, las viajeras

sólo viajan por el placer del regreso:

el placer de contar el viaje a su manera.


En esta antología, publicada por la Diputación de Córdoba y dirigida por Jacob Lorenzo, colaboro con dos poemas. Este de arriba es uno de ellos.









 

 

                                               

sábado, 7 de mayo de 2022

Bibliotecas: embajadas de la imaginación. Discursillo pronunciado el 23 de Abril de 2022. Invitada a la actividad organizada por LIBRO LIBRE en la sede de la A.V. Valdeolleros

 



 

Siempre recordaré el momento en que mi primo Paquito Eduardo, de pelo ensortijado y fantasía desbordante, me dijo que a nuestro barrio de Campanillas, en Málaga, venía un coche lleno de libros para que nosotros pudiéramos leer lo que se nos antojara. Yo imaginé que se trataría de una furgoneta blanca conducida por un hombre eficiente que sabría darnos el libro que pedíamos. Pero la realidad supera muchas veces o casi siempre a la imaginación, y mis expectativas se encontraron colmadas la tarde que fui al punto de encuentro, y vi que se trataba de un autobús que imitaba a una sala rectangular de cualquier biblioteca de verdad. Se trataba del Bibliobús de paredes recubiertas de interesantes ejemplares. No podía con la emoción. Y así, nerviosa, empecé a leer títulos a ver cuál me interesaba. Cogí una historia de los indios de América y las aventuras de un monstruo bueno: el yeti. De repente mis coordenadas provincianas quedaron pulverizadas y me convertí en una cosmopolita de pro que lo mismo  frecuentaba el continente americano que el Tíbet. Ese fue el primer contacto con una biblioteca y lo recuerdo como uno de los días más felices de mi vida, la noche anterior no conseguí pegar ojo, la puerta de la aventura se abría de par en par y, además, sin pagar un duro, gratuitamente. Los libros entraron en mi casa con la vocación de quedarse y hacernos más ricos espiritualmente. Todos los niños y las niñas que frecuentábamos el Bibliobus, que hacíamos cola a sus puertas teníamos un pasaporte para entrar, un carnet que nos identificaba como lectores y lectoras, éramos unos humanos especiales que habíamos recibido el salvoconducto que nos convertía en la ciudadanía de una república generosa: la república de los libros. El carnet aseguraba nuestro carácter de lector, nuestra identidad como amantes de las letras.

 

         Fue por aquel tiempo que le pedí a mi madre que me echara para Reyes una mesa y una silla puesto que había decidido ser escritora, y fue por aquel tiempo cuando decidimos mi primo Paquito Eduardo y yo que compondríamos un libro sobre las suegras, defendiéndolas de los insultos cotidianos, pues había observado que eran injustamente tratadas. Ese libro lo escribiría yo y lo ilustraría mi primo y en él estuvimos trabajando durante mucho tiempo mientras mi hermano intentaba sacarle alguna melodía a la guitarra que nos tocó en una feria. Como ven nuestra vida intelectual era abundante. Y la llave de ese país de la abundancia era el Bibliobús que llegaba a su cita cada semana lloviera o hiciera calor, allí estaba la bibliotecaria y el chofer para hacernos felices.

 

         También teníamos la presencia de nuestra bisabuela que era una biblioteca andante, que recitaba chascarrillos y romances de su invención, la presencia de mi tío que era un excelente narrador y las visitas a mi abuelo Francisco que nos enseñaba que la realidad era dura, pero que podía ser menos dura si uno se desahogaba contándola. Fue a los siete años cuando nacieron mis primeros versos:

 

No llores mi madre

No llores mi madre

Pues yo que te quiero

No puedo verte lloras

No llores mi madre

Que me haces llorar.

 

         Como se ve tenía cierto sentido del ritmo y el comienzo de una temprana sororidad. Ese punto de vista nunca lo abandonaría: la conciencia de que las mujeres eran tratadas con desigualdad incluso en la literatura. La conciencia de que en mi querido autobús lleno de libros eran pocos los firmados por autoras, esto es fácilmente observable para cualquier lectora de títulos como era yo, que me pasaba los minutos eligiendo aventuras según me sugerían esos títulos que me llevaban a países lejanos, muy lejanos de una realidad pacata que era los últimos resuellos de la dictadura de Franco.

 

         Y de pronto sucedió algo extraordinario: nos hicieron un colegio nuevo y en él, dentro de él, albergaron un estómago de letras, pusieron una biblioteca escolar, que para mi gusto estaba infrautilizada, pues casi nunca podíamos entrar a ella. Recuerdo una vez que nos dejaron pasar, recuerdo a un amigo muy especial que se reía a carcajadas leyendo Mortadelo y Filemón. Pero yo enamorada ya de los libros, siendo una pequeña letraherida, tenía un ansia de lectura infinita.

 

         Y de nuevo pasó algo extraordinario: fui a estudiar el bachillerato a Málaga capital y, de nuevo encontré otra biblioteca hermosa: La que estaba sobre las actuales ruinas romanas. Por supuesto que me hice el carnet necesario y saqué novelas y novelones como Crimen y castigo de Dostoievski o la obra teatral El Abuelo de Benito Pérez Galdós. Era una biblioteca muy peculiar, a la entrada había una réplica de El duelo a garrotazos de Goya, y me quedaba extasiada contemplando ese cuadro que tan bien escenifica el defecto patrio de la sinrazón y la lucha entre hermanos, la envidia y la crueldad. Dentro del edificio había una especie de bodega de mentirijilla que a nosotras nos parecía tan natural que estuviese allí, era una especie de homenaje al vino dulce, sentada en ese pasillo, mi amiga Ana María y yo leímos a Juana de Ibarbourou; ya que había en sus fondos pocos libros de escritoras nosotras cuidábamos los que encontrábamos y lo recitábamos conjuntamente. Siempre me gustó ese edificio grande y con un bibliotecario que parecía un personaje de Tomeo.

 

         Pero había otra biblioteca más en la ciudad: La biblioteca de la diputación de Málaga cerca de la Acera de la Marina. Era un establecimiento de tres plantas, creo recordar, con una hemeroteca y una biblioteca infantil de hermosos colores y la biblioteca propiamente dicha que poseía escalerillas para subir a lo más alto de sus anaqueles. Sobre una escalera de esa, escondido entre una multitud de libro encontré el poemario de Las Canciones de Bilitis firmado por Pierre Louys y que hablaba del elegante don del amor entre mujeres. Ya no tendría solo para identificarme la prosa de Marcel Proust y su En Busca del Tiempo Perdido, sino que hallé versos donde pude reconocerme.

 

         En aquellos años apareció en mi vida un personaje importante, se trataba de Laurentino Heras un cura relacionado con la HOAC que me animó a publicar mis primeros escritos. Con él íbamos recitando por los barrios de Málaga y aprendimos que el público, cualquier público, es un aliado para el placer de la lectura. Querría compartir algunos versos de aquellos años:

 

(Leo algunos poemas de Zyriab, mi primera publicación)

 

Y seguirte por los pasillos

Don Serapio

 

         Historias que vieron la luz gracias a los ahorros de mi hermano que actuó de mecenas. Prometo entregar varios ejemplares a Libro Libre en cuanto me lo traigan de mi casa familiar. Y es que después de publicar me dio tanta vergüenza que los escondí para que nadie pudiera verlos. Sin saberlo comenzaba a padecer el síndrome de la impostora.

 

         Pero seguí escribiendo a pesar de no reconocerme a mí misma mis propios esfuerzos. Y la literatura era una envoltura suave, una patria para las mujeres condenadas a no tener patria. Una patria de mar y de sal, de sofisticada y a la vez sencilla biblioteca como es el caso de la existente en el centro George Pompidou de Paris, que conocí a los 19 años y en las que vi y pude teclear el primer ordenador. Eso sucedía en Julio de 1982. Todos estábamos eufóricos, hasta quienes no tenían plenos derechos como yo y mi lesbianismo. Así que me puse a escribir un diario de amor y fruición al estilo de Dante pero en clave sáfica. Ese libro lo publiqué sin darme cuenta y ahora está depositado en la Biblioteca Nacional como tantos otros. Se titula Carcaj. De él voy a leer varios poemas:

 

-Varios Poemas cortos

-Carencia

 

         Y la carencia de libros se convirtió para mí en la más grande de las penalidades, porque solo las letras nos acompañan cuando todo nos abandona. Y es que las letras y las bibliotecas, en particular, son el lugar de la compañía cuando todo nos falla, el lugar del silencio sembrado de imaginación, la almáciga de los versos, el pozo de donde sale el agua que después posibilitará el intercambio. Siempre me he sentido bien en una biblioteca pública, como si estuviera en mi casa, muchas veces mejor que en mi casa, allí he sentido que mi estatus de ciudadana cobraba verdad, una verdad inopinable, nada relativa, una verdad como la luz del amanecer, un sitio donde siento el orgullo de estar, y es que sé que esa casa de los libros es mi más hermoso refugio donde se siembra en mi alma la bondad de los otros y donde entablo conversación con los muertos.

 

         Y desde una de esas bibliotecas, la universitaria de la Facultad de Filosofía y Letras de Granada vi hermosos atardeceres y descubrí La vista de Delf del pintor holandés Vermeer. Allí donde los estudios se me hacían tan cuesta arriba porque mi ser juvenil estaba atareada con otras preocupaciones y exigencias conocí la historia de Tristán e Isolda de Béroul, El Malentendido, El Mito de Sísifo de Camus, la versión francesa de Un amor de Swann o la llegada de mujeres como Margarite Duras, Margarite Yourcenar, Nathalie Sarraute o Julia Kristeva. Mujeres que serían ejemplo para mi vida y de las que imitaría su valentía, su saber y sus vicios.

 

         Pero en Granada había otra biblioteca hermosa, la del paseo del Salón, la que antes fue casino frecuentado por García Lorca, el gran poeta, el indiscutible intimista que se expone. Y allí, entre libros, estaba por estar, por simplemente ser un ratito en el pasado como otras bibliotecas nos posibilitan estar en el futuro con su estructura moderna y atrevida como la del Georges Pompidou que he nombrado antes.

 

         Y estaba además la Biblioteca de la Escuela de Traductores e intérpretes en la calle Tablas, de donde saqué el Elogio de la Locura de Erasmo de Róterdam y en la que entregué un ejemplar que tenía repetido de las poesía de Celaya, ese poeta que dice que la poesía es un arma cargada de futuro y tiene un estupendo estudio sobre Gustavo Adolfo Bécquer.

 

         Y cuando llegué a Córdoba lo primero que hice es hacerme el carnet de la biblioteca municipal hoy archivo de la ciudad y allí coincidí con el escritor Fernando González Viñas. Estaba yo escribiendo por entonces la historia de un torero loco que se llamaba Marcel e investigaba sobre este mundo de crueldades y espadas, banderillas y capotes, y escribí un poema dedicado a Lupe Sino, la novia de Manolete y un artículo para la revista Boletín de Loterias y Toros, ese poema y ese artículo fueron lo primero que vio la luz en esta ciudad donde me quedé a vivir y a convivir. Y fue aquí donde me llegó la noticia que había ganado el premio María del Villar de la ciudad de Tafalla en Navarra con el Libro Poesía Sociable del que haré entrega de 2 ejemplares a Libro Libre. Y del que ahora leeré varios poemas.

 

-Demasiada Mirada

-Canción de la niña en el semáforo

-Silencio

-El amor sencillo

 

         En este libro, mi primera publicación en la edad adulta, comprendí que un texto no es nada sin la presencia de las lectoras y lectores. Me vino bien la sugerencia que me dieron los miembros de la Fundación María del Villar de que le pusiera título a los poemas, desde entonces titulo todo porque el título concreta y ambienta, es una norma de cortesía para quien lee.

 

         Y me gustan los títulos de la escritora Nuria Amat, novelista y bibliotecaria que informatizó las bibliotecas en España y tiene libros hermosos cuyos protagonistas son los libros. Y ahora tenemos la suerte de contar con la escritura de Irene Vallejo que ha conseguido transmitir su amor por los libros con su obra El Infinito en un junco.

 

         Y una obra infinita quería escribir yo sobre el amor lesbiano y por eso me puse a reflexionar sobre las formas en que nombramos el deseo, y así surgió la obra Cómo decir deseo, una reflexión sobre el amor y el tacto del que voy a leerles varios poemas.

 

         (Decir las partes en que se divide y escoger poemas al azar según se encuentre el público de cansado).

 

         Y ahora me encuentro con la grata sorpresa de este encuentro con la asociación Libro Libre que dará la oportunidad a que la poesía se encuentre en la calle como ya sucede en nuestra vecina Portugal en que se puede disfrutar de la lectura y del intercambio de libros, que ya no están cerrados en bibliotecas sino que han hecho del mundo entero una biblioteca. Y eso me agrada. Sin más: Muchas gracias.













sábado, 30 de abril de 2022

1922

Este 2022 se cumple 100 años del nacimiento del psiquiatra Castilla del Pino. Gracias a hombres como él, con su compromiso intelectual, hemos podido disfrutar mejor de nuestras vidas. Le dedico este poema, que aparece en mi libro Cómo decir deseo, con todo mi reconocimiento.


  

LA CIUDAD Y SUS HABITANTES


Y casualmente me encuentro
en este lado de la acera
mientras los remeros se empeñan en el estanque
con no chocar con los turistas,
que vienen a la capital a besarse
entre las estatuas que la historia reverencia
y a pasear en barca
esquivando torpemente a remeros musculosos,
pero al fin y al cabo civilizados,
porque no poseen grandes ríos
ni mares de osadía
y se conforman con el aire del Retiro
y el agua verde y pequeña
donde se ejercitan los ciudadanos-remeros
teniendo cuidado de no salpicar
a quienes acabamos de llegar y pedir
una cerveza y después intentamos imitarlos.
Pero, ¡ay!, nosotros no somos tan civilizados
ni imaginábamos tantos edificios
desde nuestra provincia leve.
Nosotras no sabíamos de la existencia
de estos remeros pendientes siempre
de no chocar con los bordes
de esta piscina grande
donde se guarda el desahogo
de los hombres fuertes
cansados de obedecer y,
sin embargo, obedeciendo.
Y aquellas, ¡oh!, aquellas remeras
con lazos en el pelo
con el pecho endurecido
con ese ir y venir,
ir y venir,
rema que te rema.
Aquellas, ¡oh!, aquellas
que vigilan a los turistas despistados
que no conocen las normas del estanque.
En la tarde que crea
magenta la luz y la luna
tú me engañas
y no me llevas a tomar una copa,
sino que me traes aquí,
a este parque inmenso
y estimado
del que hablan
y del que dicen
sus haberes y peligros.
Y naufrago entre nipones,
ciclistas de piernas heroicas,
magos de tres al cuarto
que quisieron ser Houdini,
cantantes fracasadas,
músicos que aman más la música
que su disciplina,
y tú y yo,
que hemos decidido hacer de Madrid
el cauce de nuestros ejercicios
de cosmopolitismo.
Y mientras nos recogemos
porque refresca
y porque el parque lo cierran
miramos de reojo a los remeros
colegiados, solidarios,
y a las remeras que aún no se han decidido
a formar equipo,
y dices convencida:
“¿Verdad que ha sido buena idea
pasar la tarde en el parque?”
Y asiento mientras
miro cómo se esquivan
los remeros
y mesuro el estanque
verde, de infinitos trayectos.
Nos cogemos de la mano
y el aire húmedo
acaricia la noche que viene,
nuestro cansancio,
nuestra cobardía,
nuestro valor
y la danza democrática
de los juegos de agua
que casualmente hemos visto
desde este lado de la acera
donde quiero estar
para siempre,
como los remeros pendientes
de no chocar con los bordes.